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GASTROTOUR 20/07/2026


Del 2 al 5 de octubre en IFA–Fira Alacant (España) se celebrará la mayor feria de gastronomía experimental de Europa, donde en la anterior edición Bolivia estuvo invitada como país preferente.


Este año nos toma el relevo México, que viene a ocupar el espacio dejado por la Academia Boliviana de Gastronomía, que en su participación en esta Feria se consolidó con una participación de más de 80.000 visitantes.


ESTE ES EL RESUMEN DE LA FERIA PARA SU EDICIÓN 2026 // Del 2 al 5 de octubre.


• Más de 130 chefs con Estrellas Michelin y Soles Repsol.

• Más de 460 ponencias, showcookings, talleres y masterclass.

• Un 60% más de actividades participativas para el público.

• 17 concursos gastronómicos.

• 260 expositores.

• Más de 36.000 m² dedicados a vivir la gastronomía con los cinco sentidos.


Una feria creada por y para los amantes de la gastronomía; para este público, esta nueva edición de Alicante Gastronómica incrementa la oferta con un 60% más de masterclass, ofrece un nuevo espacio dedicado al chocolate y al helado de la mano de Bean to Bar, así como nuevos formatos de concursos profesionales, como el de corte de jamón y de elaboración de All i Oli by Sezar Blue, con categorías amateur tradicional y profesional en las modalidades tradicional y creativa.



El enfoque participativo y de acceso a la gastronomía global que ofrece esta Feria se refuerza con mayor participación internacional, con el Premio Internacional de Alta Pastelería Paco Torreblanca a la Mejor Tarta de Chocolate del Mundo.


La feria aumenta en participación, prestigio y proyección con 260 expositores, la participación de 130 chefs con Estrellas Michelin y Soles Repsol y más de 460 ponencias y talleres participativos abiertos al público general.


Un total de 8 escenarios y 17 concursos en más de 36.000 metros cuadrados de feria distribuida en 2 pabellones. Una programación de cuatro días de intensa actividad que consolida un modelo de éxito que democratiza la gastronomía, poniéndola al alcance del mejor crítico gastronómico, como es el gran público.



El presidente de la Cámara de Comercio de Alicante, Carlos Baño, ha afirmado que "con esta edición, la provincia de Alicante se posiciona mundialmente como referente indiscutible de la gastronomía. Y lo hacemos creciendo y abriéndonos a nuevos países.


Una feria que este año crece en calidad, en espacios y contenidos. Ello revertirá en más impacto y visibilidad para nuestras empresas, empresarios, autónomos y profesionales. Una feria hecha desde el sector y para el sector. Un escaparate mundial para el talento que posiciona la Costa Blanca alicantina como destino gastronómico nacional e internacional de primer nivel".


ESCAPARATE GLOBAL CON LO MEJOR DE LOS MEJORES


Alicante Gastronómica 2026 impulsa su proyecto para llegar a nuevos sectores y abrirse a nuevos horizontes que permitan definir la oferta gastronómica del Mediterráneo. En este sentido se ha incorporado ‘Lo Mejor de los Mejores’, donde se podrá degustar el mejor torrezno, la mejor croqueta, el mejor escabeche, los mejores quesos, la mejor fabada, los mejores callos o el mejor cachopo.


Estas elaboraciones tradicionales se entremezclarán con recetas más populares como los mejores tacos, la mejor pizza, la mejor hamburguesa, los mejores panes y los mejores pasteles para el disfrute de los visitantes, que en la pasada edición superó la cifra de 85.000. Otra de las novedades es la generación del Aula del Queso, un espacio específico gestionado por la Despensa de Andrés, para este producto diverso con miles de variedades.


Además, Alicante Gastronómica 2026 mantiene su seña de identidad, que busca convertirse en el puente entre la excelencia culinaria y el público general. En esta edición, Alicante Gastronómica reunirá a un impresionante elenco de referentes de la alta cocina, con más de 130 chefs galardonados con Estrellas Michelin y Soles Repsol.


La feria ha crecido con la implicación de figuras como Martín Berasategui, Jordi Roca (El Celler de Can Roca, 3 estrellas Michelin y 3 Soles Repsol), Paco Torreblanca, Quique Dacosta (Quique Dacosta Restaurante, 3 estrellas Michelin y 3 Soles Repsol), Oriol Balaguer, Carme Ruscalleda (7 estrellas Michelin y 3 Soles Repsol), Fran Martínez (Maralba, 2 estrellas Michelin y 3 Soles Repsol) y críticos como Rafael García Santos, junto a chefs alicantinos de la talla de Kiko Moya (L'Escaleta, 2 estrellas Michelin y 3 Soles Repsol), Susi Díaz (La Finca, estrella Michelin y 3 Soles Repsol), Cristina Figueira (El Xato, estrella Michelin y 2 Soles Repsol), Joaquín Baeza Rufete (Baeza & Rufete, 1 Sol Repsol), Ferdinando Bernardi (Casa Bernardi, 1 estrella Michelin y 1 Sol Repsol) y María José San Román (Monastrell, 1 estrella Michelin y 2 Soles Repsol), así como los afamados panaderos del equipo nacional Espigas o del Club Richmond, entre muchos otros.


Todos ellos compartirán escenario durante masterclass, catas, showcookings y ponencias, ofreciendo la oportunidad única al público de aprender directamente de los grandes talentos de la cocina nacional e internacional.


En el Rincón de las Estrellas y la Isla de las Tapas, el visitante podrá degustar platos firmados por algunos de los mejores cocineros a precios populares.


Además, durante toda la feria se podrá adquirir producto gourmet, de kilómetro cero y productos exclusivos con precios especiales de feria, gracias a una amplia red de productores, bodegas y proveedores de alta gama.


Además, se mantienen espacios ya consolidados como el Túnel del Vino, la Glorieta de los Hornos, el Espacio Cámara o la Terraza Marmarela; y se incluyen nuevos espacios como el Aula de Quesos o el nuevo espacio dedicado al chocolate de la mano de Bean to Bar.


El público familiar podrá disfrutar de showcookings infantiles, talleres y experiencias adaptadas para los más pequeños.


Una edición que crece en prestigio, en colaboraciones y en oferta. Una programación que ya puede consultarse en www.alicantegastronomica.com.

 
 
 
  • 15 jul
  • 4 min de lectura

GastroTOUR 15/07/2026


Antes de convertirse en clásicos, algunos alimentos tuvieron un pasado completamente inesperado. Lo que hoy aparece en cartas de restaurantes, vitrinas gourmet, desayunos familiares o menús de lujo nació, en muchos casos, de lugares mucho menos elegantes: la necesidad, la pobreza, la medicina, el hambre, el mito o incluso un accidente.


La gastronomía mundial está llena de historias que parecen inventadas. Una langosta que fue comida de pobres. Una salsa que se vendió como remedio. Un refresco que nació en una farmacia. Un plato de carne cruda creado por una recomendación médica. Un cereal pensado para una dieta austera que terminó conquistando los supermercados. Detrás de muchos sabores cotidianos hay un origen extraño, incómodo o fascinante.


LA LANGOSTA es uno de los mejores ejemplos de cómo el valor gastronómico puede cambiar con el tiempo. Hoy se asocia al lujo, al marisco caro y a la mesa de celebración, pero durante los siglos XVII y XVIII en la costa de Norteamérica era tan abundante que no siempre se consideraba un manjar. En algunas zonas se vinculaba a la alimentación de presos, sirvientes, trabajadores forzados y personas con pocos recursos.


La imagen resulta casi increíble vista desde el presente: un producto que hoy puede aparecer en restaurantes de alto precio fue durante mucho tiempo un alimento barato, repetitivo y poco prestigioso. Algunas historias hablan incluso de protestas por recibir langosta con demasiada frecuencia, aunque los detalles concretos deben leerse con cautela porque se han mezclado con tradición oral y relatos posteriores. Lo importante, en cualquier caso, es el cambio de percepción: la langosta pasó de abundancia incómoda a símbolo de exclusividad.


PAN NEGRO

Algo parecido, aunque desde otro lugar, ocurrió con el pan negro. Hoy puede entenderse como un producto rústico, saludable o artesanal, especialmente cuando hablamos de panes de centeno, cereales integrales o masas densas con carácter. Pero durante muchas crisis alimentarias europeas, el pan oscuro fue también una respuesta a la escasez. Cuando el trigo refinado no estaba al alcance de todos, las familias recurrían a centeno, cebada, avena y otros cereales más humildes.


En el norte de Europa existieron incluso panes de emergencia elaborados con corteza interior de ciertos árboles, una práctica asociada a periodos de malas cosechas y hambre. No todos los panes negros proceden de ese contexto extremo, por supuesto, pero la historia recuerda algo esencial: muchas elaboraciones que hoy miramos con nostalgia o romanticismo nacieron porque había que sobrevivir.


EL CARPACCIO tiene uno de los nacimientos más elegantes y extraños de la cocina moderna. En 1950, en el Harry’s Bar de Venecia, una clienta habitual, la condesa Amalia Nani Mocenigo, recibió la recomendación de comer carne cruda. Giuseppe Cipriani creó entonces un plato de finísimas láminas de ternera acompañado de una salsa ligera. El resultado fue tan visual que terminó bautizándolo como carpaccio, en honor al pintor renacentista Vittore Carpaccio, famoso por sus tonos rojos y blancos.


Lo curioso es que un plato nacido de una indicación médica acabó convertido en icono internacional. Hoy el término carpaccio se aplica no solo a la carne, sino también a pescados, mariscos, frutas, verduras o setas cortadas en láminas muy finas. De una necesidad concreta surgió una técnica estética, ligera y adaptable que sigue apareciendo en cartas de todo el mundo.


EL KETCHUP

En el siglo XIX, cuando el tomate todavía despertaba recelos en parte de la sociedad estadounidense, el médico John Cook Bennett promovió sus supuestas propiedades medicinales. Llegó a recomendar tomates y productos derivados, incluido el ketchup, para tratar problemas como la indigestión, la diarrea o ciertos trastornos digestivos.


Con el tiempo, aquellas promesas medicinales quedaron atrás y el ketchup se convirtió en una de las salsas industriales más reconocibles del planeta. La historia, sin embargo, resulta fascinante: una de las salsas más populares del fast food moderno tuvo un momento de gloria como supuesto remedio de botica.


COCA-COLA

Coca-Cola también nació en ese territorio ambiguo entre farmacia, tónico y bebida. En 1886, el farmacéutico John Pemberton creó su fórmula en Atlanta y el primer vaso se sirvió en Jacobs’ Pharmacy. La propia compañía matiza que Coca-Cola no empezó exactamente como medicina, pero su origen pertenece a un tiempo en el que las farmacias vendían jarabes, tónicos y bebidas carbonatadas asociadas al bienestar, la energía o el alivio del cansancio.


El nombre, inspirado en la hoja de coca y la nuez de cola, habla de ese contexto histórico. Lo que comenzó como una bebida de mostrador terminó convertido en uno de los productos más reconocibles del mundo. Pocas historias explican mejor cómo una fórmula local puede transformarse en icono global.


EL STEAK TARTARE es famoso no solo por su sabor, sino por la leyenda que lo acompaña.


Durante mucho tiempo circuló la historia de que guerreros mongoles o tártaros colocaban carne cruda bajo sus monturas para ablandarla durante los largos viajes a caballo y después la comían.


La imagen es poderosa, casi cinematográfica, pero los historiadores suelen considerarla un mito.


La historia más aceptada del steak tartare moderno lo sitúa mucho más cerca de la cocina francesa que de las estepas asiáticas. Aun así, la leyenda fue tan eficaz que quedó pegada al plato. Y ahí está la paradoja: a veces un alimento no necesita que su historia sea exacta para volverse memorable. Basta con que sea lo suficientemente potente como para repetirse durante generaciones.


Por eso mirar el origen de los alimentos es también mirar la historia de nuestras necesidades. Lo que hoy comemos por placer quizá nació por supervivencia. Lo que hoy parece sofisticado pudo ser despreciado durante siglos. Y lo que hoy acompaña una hamburguesa pudo venderse alguna vez como remedio.


La gastronomía mundial está hecha de técnica, producto y memoria, sí, pero también de casualidades extrañas que terminaron sabiendo demasiado bien.


FUENTE EXCELENCIA GOURMET

 
 
 
  • 8 jul
  • 8 min de lectura

GastroTOUR 08/07/2026


“Una buena parte de los conflictos armados a lo largo de la historia han tenido un alimento como detonante”... Hoy les traemos esta interesante entrevista con uno de los mejores periodistas gastronómicos, Jorge Guitián, nacido en Galicia. Escribe regularmente para importantes medios y plataformas, incluyendo la Guía Repsol, La Vanguardia, Vanity Fair, Condé Nast Traveler y el portal Directo al Paladar. Fundó y dirige Guitián-Mayer (también conocida como Gastrópodos), un proyecto de asesoría y comunicación en el sector culinario.


Cuando un plato de comida aparece en un cuadro, lo recorre una visceralidad que alcanza a quien lo contempla. El acto de comer, de manipular alimentos, las cocinas ruidosas, los ágapes suntuosos y los platos austeros narran la historia de su tiempo con impronta universal.


El calambre en el estómago, la caricia en el paladar, el estofado humeante o el dulce caprichoso son imágenes que quedaron congeladas en un retrato, pero que atraviesan el cuadro y la época para maridar arte, gastronomía y emoción.


¿Cómo ha cambiado el sentido del gusto a lo largo de la historia? ¿Qué secretos culinarios esconden las obras de arte?


Jorge Guitián se ha propuesto desvelarlos, y en Comer con los ojos (Espasa) analiza 32 de ellas, con el ojo puesto en el pan, en la servilleta, en la vajilla, en el cuchillo, en las sobras y en las miradas hambrientas.


El análisis del autor, de formación historiador de arte y de profesión periodista gastronómico, tiene el gusto por el detalle revelador y la anécdota curiosa. Y así, cuadro a cuadro, nos presenta nuestra historia al calor de los fogones.


¿Cuál fue su motivación para, en un momento de su vida, dar un paso atrás en su carrera de historiador y uno adelante en el mundo de la gastronomía?


Se sumaron varias circunstancias, pero esencialmente se debió a que, tras casi siete años en un trabajo que no me interesaba, me planteé si eso era lo que quería para los siguientes treinta o cuarenta años. Al mismo tiempo, siempre he creído que la gastronomía es un patrimonio cultural, al igual que el arte o la arquitectura, y la conciencia social de que esto era así, que no es algo que hayamos dado siempre por sentado, comenzó a surgir, así que me pareció el momento para dar el paso.


¿Cómo es la mirada de un historiador sobre la gastronomía?


Como historiador del arte, me especialicé en gestión del patrimonio cultural. Aplicar esa experiencia al mundo de la gastronomía me parecía una oportunidad y un reto. Aunque hace unos años que no trabajo en el día a día con obras de arte, en estos últimos veinticinco años nunca he dejado de trabajar con patrimonio cultural: a veces, es un grabado prehistórico en una roca; a veces, una pintura; y otras, es un plato, una receta antigua o una técnica culinaria.


¿Cuál ha sido a lo largo de la historia la relación entre gastronomía y arte?


Son dos disciplinas creativas, con muchas diferencias entre sí, pero también con puntos de encuentro. Siempre ha habido artistas –músicos, pintores, escritores– interesados por el ámbito de la gastronomía.


En los últimos años, además, se ha empezado a explorar el arte y la creatividad desde el otro lado. Cocineros como Ferran Adrià o Andoni Luis Aduriz han hecho de esa exploración una parte importante de ese trabajo, y eso ha dado resultados sorprendentes y muy interesantes.


Los platos que apreciamos en las obras, ¿tendrían un sabor apetecible para nuestros paladares contemporáneos?


Muchos de ellos, no. Especialmente algunos de los más antiguos. A partir del siglo XVI, en las culturas occidentales, hubo un cambio de gusto. Comenzamos a organizar las comidas y los sabores de un modo que para nosotros es hoy reconocible: ácidos y productos más ligeros al comienzo de la comida, platos más grasos y más contundentes a continuación y dulces al final, pero antes esas divisiones no eran así. No existía una estructura del menú tal como lo entendemos hoy, con entrantes, principales y postres, e incluso en cada plato se mezclaban dulces, salados, especias y proteína animal de un modo que hoy nos resulta sorprendente y que puede llegar a producirnos rechazo.


El manjar blanco, que hoy es un dulce más convencional, en algunas ocasiones incluía pechuga de pollo o faisán, muchos platos salados añadían algún ingrediente dulce muy pronunciado, tal como sigue ocurriendo en la actualidad, por ejemplo, en las cocinas del Magreb. La separación entre tipos de platos o de ingredientes, el orden de los sabores en las comidas o el hecho de acabar con un dulce son convenciones culturales. Eso es algo que ha cambiado a lo largo de la historia, pero que sigue presente en otras culturas gastronómicas hoy: si no lo tenemos presente, es imposible que entendamos cocinas como la tailandesa, por ejemplo.


Viene de analizar la gastronomía contemporánea en Lentejas y caviar. ¿Qué le motivó a sumergirse en la historia del arte?


El trabajo anterior era un ensayo breve, enfocado más a un público interesado en la gastronomía desde un plano teórico. Quería hacer algo más divulgativo a continuación, un trabajo con el potencial de llegar a más gente, no necesariamente interesada en la gastronomía.


Y me di cuenta de que el arte puede ser una gran puerta de entrada a la cultura gastronómica, incluso para quien no está interesado en ella de una manera especial, y de que, del mismo modo, la gastronomía tiene el potencial para acercar a museos, salas de exposiciones y obras de arte a gente a la que quizá le cuesta más hacerlo en su día a día.


¿Qué dicen las costumbres gastronómicas de una sociedad?


Me gusta decir que comemos como somos. Cada sociedad, cada momento histórico, cada zona geográfica se relaciona con su entorno de una manera particular. El clima, los suelos, el paisaje, la cultura de la zona y sus tradiciones van dando forma a una manera única de relacionarse con la alimentación, y eso es la cultura gastronómica de un lugar.


Hay casos muy curiosos, como el del pulpo á feira. Surge como plato en el interior de Galicia, lo que llama la atención, pero está relacionado con el pago de tributos desde la costa a monasterios tierra adentro. Por otra parte, no puede entenderse sin las grandes ferias del interior de Galicia, que le dan nombre, situadas con frecuencia cerca de las grandes vías de comunicación, como los caminos que comunicaban con Castilla o con Portugal, y en las que confluían los productos autóctonos (el pulpo) con los que traían los arrieros de otros lugares: pimentón de León o de Extremadura, aceite de la meseta, de Portugal o de Cáceres... Sin ese contexto, es imposible entender el origen del plato y su carácter icónico dentro de la cultura gastronómica gallega.


¿Qué peso ha tenido la gastronomía en las guerras y alianzas políticas?


Una buena parte de los conflictos armados a lo largo de la historia han tenido entre sus detonantes un elemento alimentario: la expansión hacia el este de los nazis, el control de las rutas de las especias, el dominio de las vías de comercio marítimo... Todo eso condiciona lo que llega al plato en cada época.


Del mismo modo, las alianzas hacen que determinados productos se intercambien entre algunos países, y no con otros, o que haya un mayor contacto que se traduce en el intercambio de técnicas y de recetas. No podemos entender la manera de comer en España en la actualidad, por ejemplo, sin su relación histórica con América. Y esa parte de nuestra historia no se puede entender sin los conflictos con Portugal o con Inglaterra, por ejemplo, sin un fenómeno como el de los corsarios, la rivalidad comercial con los Países Bajos...


Al investigar para este libro, ¿cuál ha sido la obra que más le ha sorprendido por la cantidad de información gastronómica que ocultaba a simple vista?


Todas han sido una sorpresa, pero quizá las que menos elementos gastronómicos presentan de una manera explícita sean las que más me han interesado, porque obligan a hacer un ejercicio casi de arqueología, a ir levantando capas para ver qué hay debajo.


San Hugo en el refectorio de los cartujos, de Zurbarán, me parece mágica. Es capaz de contar una historia de milagros, dudas religiosas y tentaciones a través de poco más que unos panes sencillos y unos platos con algo de carne. Y lo hace, además, de un modo que era comprensible para un sevillano del Barroco, pero también para nosotros.


La lechera, de Vermeer, que para mí es más una cocinera doméstica que una lechera, nos habla de una receta sin mostrarla. Y eso me parece también un prodigio: representar lo que no está, insinuar lo que no se ve y contar, con eso, una manera de vivir en una época y en un lugar concreto me parece fascinante.


En el Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo, en la catedral de Santiago de Compostela, se aprecian una serie de figuras condenadas por su gula. ¿Por qué cree que la Iglesia católica condenaba el afán desmedido por la comida?


Es un fenómeno complejo: por una parte, es una manera de ejercer un cierto control sobre la sociedad. Por otra, es una forma de intervenir sobre la gestión de los alimentos en épocas y en lugares en los que estos, a veces, escaseaban.


Y, por supuesto, tiene que ver con preceptos morales relacionados con la moderación, la contención, la renuncia, etc. Una vez más, algo tan sencillo como comer o no comer, como elegir un alimento u otro, está diciendo mucho más sobre nosotros de lo que imaginamos. Cada una de esas decisiones está determinada por el contexto, por las creencias, por la economía, por el lugar o por el bagaje cultural.


En uno de los cuadros aparece la elaboración del cacao. ¿Cómo se sintieron los primeros españoles que lo probaron?


Desconcertados. No se parecía a nada que ellos conocieran, y al principio, tal como cuentan las crónicas, les costó entenderlo, del mismo modo que a los mexicas les supuso un esfuerzo acostumbrarse a la carne de cerdo o al uso de su manteca para cocinar. Faltaban referencias culturales.


De hecho, el cacao no triunfó en Europa hasta que se adaptó a los hábitos locales, añadiendo azúcar y en ocasiones leche. En un primer momento, solo se valoró cuando se “europeizó”. Solo pasados un par de siglos comenzamos a apreciarlo en otras elaboraciones, pero, aun así, hoy en día sigue costándonos asociar el cacao al mundo salado o al picante, que los mexicas usaban de manera tradicional.


Viajamos también a través de la historia del sushi. ¿Cuáles fueron sus orígenes y cómo podía conservarse el pescado en aquella época?


Es una elaboración que me parece fascinante, porque parte del salado o el fermentado del pescado como necesidad de conservación y, más adelante, es capaz de ir refinando esas técnicas hasta llegar a elaboraciones de una sutileza sorprendente.


En cierto sentido, y con todas las diferencias, es algo parecido a lo que ocurrió en Europa con el queso, que surge de la necesidad de almacenar los excedentes de producción de leche para épocas de escasez y que, con el tiempo, va convirtiendo esa técnica de conservación en algo cargado de una infinidad de matices.


El pan es uno de los alimentos que aparece en mayor número de cuadros. ¿Qué simbología ha tenido a través de los siglos y las culturas?


El pan es, al menos desde el Neolítico –excavaciones recientes demuestran que quizá incluso desde antes–, uno de los alimentos simbólicos por excelencia. Representa la domesticación del entorno, permite convertir alimentos, como los cereales, que el ser humano no digiere en su estado natural, en un pilar de la alimentación, y, por otro lado, está sujeto a procesos de fermentación que hoy entendemos, pero que para muchas culturas resultaron casi mágicos.


Todo eso lo convirtió, en muchos casos, en un alimento totémico, en un icono, centro de la vida doméstica. Me parece precioso que algo tan sencillo como agua, harina y a veces levadura y sal pueda dar lugar a tantas variantes y que la mayoría de ellas hayan tenido un papel destacado en la cultura alimentaria de las sociedades de las que nacen.


Si pudiera viajar en el tiempo y plantarse en alguno de los comedores de las obras que aparecen en su libro, ¿a cuál se teletransportaría y por qué?


Quizá a la mesa que se representa en Las muy ricas horas del duque de Berry. Hay, ahí, toda una historia de relaciones de poder y de conflictos que me parece fascinante, pero, al mismo tiempo, se asoma a un momento histórico en el que la cocina europea, tal como la conocemos, empieza a dejar atrás lo medieval para ir evolucionando hacia lo que hoy entendemos como tal.


¿Y a qué cocina?


Probablemente a la que Doris Lee pinta en su obra sobre la comida de Acción de Gracias. Tener la oportunidad de asomarme a una cocina estadounidense del Medio Oeste de la primera mitad del siglo XX, sin toda esa carga emblemática y simbólica que se le dio en otras obras, me parecería algo muy bonito.


FUENTE: La Vanguardia / Marga Durá

 
 
 

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