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  • hace 6 días
  • 4 min de lectura

Opinión 19/08/2026


Por: Camila Lechin


(advertencia: este texto contiene spoilers de The Bear, incluida su última temporada. Si todavía no la viste y querés verla, guardá esta lectura para después.)


Durante mucho tiempo pensé que The Bear me conmovía y al mismo tiempo me detonaba emociones porque hablaba de mi oficio más allá de la comida: de las horas, de no dormir, de la obsesión por la excelencia, de la satisfacción de un servicio impecable y la frustración de uno lleno de errores, de abrir un restaurante, de cerrarlo y de todo lo que implica dedicarle la vida a la cocina.


A lo largo de la serie me encontré con muchas versiones de mí misma: el haber trabajado para chefs reconocidos, las exigencias de una cocina nórdica y los tejemanejes de ser stagier. Trabajé en cocinas caóticas, con cocineros empíricos y tremendamente talentosos que, cuando llegué, apostaron a que no iba a durar ni dos meses. No solo me quedé varios años, sino que terminé convirtiéndome en su chef. Abrí un restaurante, soñé, viajé y después también lo cerré.


He sido la que llega queriendo aprender, la que cree que sabe más de lo que sabe, la que sabe que no sabe nada, la que aguanta, la que exige, la que forma equipos, la que pierde la paciencia y la que, alguna vez, también tuvo que preguntarse si seguía amando cocinar.


Por eso pensé que The Bear era una serie sobre la cocina.


Pero esta última temporada me hizo cambiar de opinión. Me hizo mirar hacia otro lado, dejar los platos, los servicios, las estrellas y las obsesiones para prestar atención a algo que había estado ahí desde el principio: la gente.


Carmy, a lo largo de toda la serie, apuesta por la gente. Su gente.


Apuesta por una Tina rebelde a quien convierte en una cocinera formada. Apuesta por Marcus con esa curiosidad infinita por aprender más. Apuesta por Richie cuando parecía imposible hacerlo, y nos regala una de las transformaciones más hermosas de la televisión reciente. Confía en Natalie para sostener el proyecto cuando todo parece desmoronarse. Encuentra el lugar de Ebra sin obligarlo a convertirse en alguien que no es. Incluso Neil Fak, con toda su excentricidad, termina siendo parte indispensable de la familia.


Y después está Syd.


Desde el inicio hubo algo que no terminaba de entender: ¿qué había visto Carmy en ella? ¿Por qué había decidido apostar tanto por alguien con tan poca experiencia? ¿Qué tiene Syd que, a pesar de la constante necesidad de aprobación y de protagonismo, seguía siendo indispensable para él?


Syd llega casi como una fanática de Carmy, buscando desesperadamente una oportunidad de trabajar en su cocina. Y él no solo se la da, sino que confía en ella. Muchas veces la escucha, otras veces no, le delega responsabilidades, a veces incluso más de las que debía.


No es que Syd no tenga talento, lo tiene. Tampoco es que no sea trabajadora, lo es y mucho. Pero ahí apareció mi conflicto con ella: confundía haberse ganado un lugar dentro de un proyecto con haber sido la autora del mismo.


Ella me transmitía una necesidad constante de reclamar reconocimiento y validación, de interpretar cada silencio de Carmy, cada decisión, cada ausencia. Me cuesta reconciliarme con esa actitud.


Lo paradójico es que Syd nunca necesitó hacer todo ese ruido para demostrar que pertenecía. Su trabajo y su talento ya hablaban por ella.


Por eso me molestó tanto la escena en la que decide hacer pública la renuncia de Carmy delante del equipo, de la familia y justo antes de un servicio. Rompe el acuerdo de comunicarlo juntos en el momento adecuado.


No porque le dé la razón a Carmy en todo. Todo lo contrario. Es obsesivo, caótico, inseguro, autodestructivo, incapaz de comunicar lo que siente y, en ese proceso, también lastima a quienes lo rodean.


Pero ahí terminé de perder la paciencia con Syd. Porque ya no era una descarga entre ellos, sino fue una explosión con el equipo a minutos de empezar un servicio.


Y ante ese acto, Carmy no se enoja. No la desautoriza. No le recuerda todo lo que él construyó antes de que ella llegara. Mantiene la calma, le habla al equipo y los vuelve a poner donde tienen que estar: con la mente en el servicio.


Al día siguiente, después de aquel servicio de locos, cuando recibe la noticia de las dos estrellas Michelin, la espera paciente para contarle. La mira y le dice: “Lo lograste.”


Al terminar la serie, después de emocionarme hasta las lágrimas por todo el camino hasta el reconocimiento de Michelin, entendí algo que había estado frente a mí durante toda la serie: Carmy tiene una capacidad extraordinaria para ver a las personas no solamente por lo que son, sino por lo que pueden llegar a ser.


Lo hizo con Richie, con Tina, con Marcus, con Ebra. Y también con Syd.


Y, de alguna manera, terminó cambiando también mi forma de entender. Me obligó a mirar hacia adentro: a pensar en las personas que apostaron por mí cuando todavía me faltaba tanto por aprender, y en todas aquellas por las que yo decidí apostar después.


Tal vez por eso The Bear me removió tanto desde el principio. Me reconocí en las cocinas, en el caos, en la exigencia y en la obsesión.


Pero terminé encontrándome en la gente.

 
 
 
  • 17 ago
  • 3 min de lectura

Opinión 17/08/2026





Por Borja C. Ubach




Los primeros grandes espacios digitales de conversación gastronómica no fueron las redes sociales tal y como las entendemos hoy, sino los foros y, sobre todo, los blogs gastronómicos. Los foros permitieron agrupar intereses y crear conversación alrededor de temas concretos, aunque todavía eran territorios minoritarios. Los blogs, en cambio, abrieron una puerta mucho más amplia.


A mediados de los años 2000, se comenzaron a publicar recetas, fotografías, trucos y relatos personales sobre gastronomía y la cocina. Eran contenidos sencillos, pero muy eficaces: una receta explicada con claridad, una imagen del resultado, una comunidad que comentaba, probaba y recomendaba. Aquello ya contenía algunos de los ingredientes que hoy siguen funcionando en redes: utilidad, cercanía y confianza.


Aquí comenzó también nuestra aventura en las redes después de un amplio recorrido en los medios de España y Bolivia, siendo este medio el decano de la información gastronómica de Bolivia con 5 ediciones distintas en diferentes épocas.


Nuestro medio de comunicación tuvo su fuerza en la pandemia del COVID y ahí nacieron las recetas perfectas que conectaron con una audiencia que buscaba compañía y utilidad. Lo más importante fue en esta época la ayuda desde la red a los profesionales de la gastronomía de Santa Cruz y Bolivia y convertimos a la gastronomía en una temática muy aspiracional. Donde restaurantes, las recetas bolivianas, el producto local, las marcas, el vino, los supers y tiendas se posicionaron y con este empuje cambiamos la imagen pública de cocineros y chefs hablando de ellos, de sus éxitos y también del lado duro del oficio; por eso fuimos los primeros en reconocerlos socialmente por su trabajo, esfuerzo y dedicación.


Luego llegaron las redes, algunas muy acertadas llevadas por verdaderos profesionales y otras un tanto arribistas e indocumentadas que se mueven por apariencia y puro mercantilismo monetario y carecen de formación gastronómica. Si bien el público se dejó llevar, ahora es consciente del engaño de los “influencers de pacotilla”.


Según los expertos, el mecanismo es sencillo y poderoso, aparece, casi sin pedir permiso, en el flujo diario del móvil. Para la gastronomía, esto tiene una consecuencia enorme: las redes no solo informan, también influyen. Pueden activar una reserva, despertar el deseo por un producto, convertir una receta en tendencia o situar un destino gastronómico en el mapa mental del consumidor. Y esa influencia no siempre se percibe como publicidad.


Por eso siempre prima la autenticidad frente a saturación del marketing, donde cada vez queda más patente y falso las publicaciones que van de “Yo te pago y hablas bien de mí”; el público ya ha descubierto a estos trileros digitales de la comunicación que marcan tendencias sin criterio y por los caminos de la vil plata.

Por eso la presencia digital debe ser coherente con la experiencia real. Si un restaurante ofrece una vivencia extraordinaria y después su presencia real es otra, de nada le ha servido esta inversión. Lo que se dice en las redes debe ser el reflejo de qué eres, haces y dices. Tenés que ser de verdad auténtico, que es uno de los grandes retos de la comunicación gastronómica actual.


Pero muchos presentan en sus establecimientos una perfección que puede resultar fría, repetida o sospechosa. Y se olvidan de que lo humano, lo cercano y hasta lo imperfecto empiezan a tener más fuerza.


La autenticidad no consiste en simular espontaneidad, sino en trasladar la verdad de un proyecto: quién cocina, quién produce, qué historia hay detrás, cómo se atiende, cómo se compra, qué se defiende y qué experiencia se quiere construir.

Hay en general un hartazgo ante las plataformas, “sin manchas en los manteles”, donde en pocos segundos conviven recetas, bromas, viajes, música, publicidad, noticias y contenidos que nada tienen que ver entre sí.


Frente a ese ruido, puede crecer el deseo de entrar en espacios donde el usuario encuentre exactamente lo que busca: cocina, recetas, productos, vinos, restaurantes o destinos gastronómicos auténticos sin trampa y cartón. El público vuelve a valorar la selección, el criterio y la calma.


Cualquiera puede escribir, grabar, editar, publicar, promocionar, vender, montar un podcast o crear una comunidad desde casa. Esa evolución, creo que ha beneficiado a la gastronomía; pero ahora le toca descifrar al cliente cuál es la información sincera y que te informa, o la que luce y deslumbra como castillo de fuegos artificiales y luego solo queda una caña chamuscada.

 
 
 

OPINIÓN 29/06/2026



Por: Ramón Freixa



Los que pueden subir al altar, tienen que ser vinos -sean de la bodega que sean- muy marcados por características sensoriales no habituales de los procesos de vinificación.


Solo los vinos cargados de roble, extremadamente florales o con especies -que ni la comida hindú- son los que verdaderamente prenden a la comida, el anillo realizando una verdadera boda; desgraciadamente la mayoría de vinos son simples juntes que terminan en el tribunal de la Rota.


El vino es vino, y este es necesario e imprescindible para acompañar a los buenos platos, pero de ahí a casarse entre ellos va un abismo. Esto es lo que vivimos en la Armonía organizada en los Hierros entre los Vinos de la Bodega Rolland y la cocina de RAFFINE.


Por separado los novios son sensacionales, de lo mejor, incluso mejor de lo mejor, tanto los mostos como en los platillos. Pero juntos, por mucho que se empeñe Manuel, hay que tener fe, una fe que se corta, para atisbar matrimonio.


Solo el Mariflor Cabernet Franc le hizo cosquillas a la impresionante innovación gourmet de las mollejas ahumadas con una especie de pil pil cremosa de coliflor, el toque de ahumado que destacaba. Le echó verdaderamente los tejos y remató por la escuadra, la propuesta del vino bordelés de los campos argentinos del Mariflor, con una estructura tánica más firme, mayor acidez y un perfil herbado y especiado. Ahí las papilas otorgaron un contrato matrimonial por todo lo alto entre los ahumados y las especies.


La otra gran boda en este evento, sin lugar a dudas, fue el corte de bife de chorizo de res criada en confinamiento en los campos cruceños, que entró de la mano y con sinfonía nupcial con el Mariflor Val de Flores, una pequeña producción que se elabora artesanalmente en la vanguardista bodega del Valle del Uco.


Este Malbec que ronda ya el medio siglo, se caracteriza por su visualidad emblemática, brillante e intensa, con densos aromas a frutos negros y especias, aportando un laberinto de sabores, pasión y extrema sensibilidad a estos vinos. Esta rotunda personalidad no dejó de mirar constantemente al bife que orillaba sus sabores potenciando el dejillo de la res.



Así que, de cinco platos, los matrimonios sacramentados solo fueron dos los que firmaron el acta sacramental, el resto, que fueron extraordinarios, pasaron por el templo gastronómico, pero no lograron rubricar el acuerdo “para siempre” en el altar.


Pero centrémonos más en las novias “la comida”... Él, el vino venido de Michel y Dany Rolland, no tiene mucho que comentar; podemos definirlo tan solo con una palabra: extraordinarios; un vino francés que baila tangos.


Las propuestas a cuatro manos de Alejandro y Saul, unos chef de lujo, estuvieron por encima de lo normal; nos presentaron el Snack de entrada “Amuse bouche”, tres bocaditos para entretener la boca: fueron Taquito de lengua con toque de vinagreta, Tartarela de Pastranami de Res y “Beta vulgaris” y un Sando de Morcilla, tres joyitas cada cual mejor.


Luego las mollejas ahumadas con un innovador pil pil, que de pil pil que suele acompañar a las cocochas tenía poco, ya que su base era la coliflor. Pero como ya comentamos fue de lo mejor de la noche; que pelearon por la medalla de oro con el pato a tres texturas es de lo mejor que he probado últimamente. El pato le abrió la puerta al bife de chorizo de la brasa de los Hierros y la marcha nupcial la entonó un maravilloso dúo de chocolate que pedía las “dos orejas y el rabo”, que es tal como premian los taurinos.


El evento de verdadera armonía estuvo maravillosamente organizado por sus propietarias, Moira Gasser, hija de Buby, y las hermanas Carola Olivia Cronenbol, junto al gran profesional Dante, que ha cambiado el tradicional establecimiento cruceño, desde el gran equipo de cocina y sala a la apuesta de la carta, donde este restaurante es algo más que carne, y de esta manera lo han posicionado en las ligas mayores de la gastronomía boliviana.

 
 
 

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