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GastroTOUR 21/08/2026


Tras una década de cambio profundo en el rol de la paella, el plato más popular mira también hacia la excelencia. Hace 10 años, el alfabeto de los emojis incorporó una novedad con sabor valenciano: la paella. Fue la consecución de un empeño que, al calor de la asociación Wikipaella y auspiciado por José Andrés o Eugeni Alemany, logró incorporar uno de los platos populares que definen de manera más gráfica la cocina en España.


Podría parecer un ejercicio jocoso. Algo que comenzó como un chiste y se elevó hasta alcanzar la categoría de deseo colectivo. ¡Si hasta la expresión gráfica del emoji tuvo en cuenta los ingredientes canónicos de la receta clásica! Pero en el fondo fue algo más: la expresión de un contexto nuevo en el que el rol de la paella estaba a punto de cambiar.


En mitad de un clima cultural, en todas partes, donde el regreso a lo propio es una idea atractiva repleta de alicientes, la paella comenzaba a convertirse en un asidero para muchas cosas.


Por supuesto, en la cocina, donde viró de receta transversal pero demasiado habituada al maltrato, a un plato con el que —también— podía ofrecerse excelencia.


Una década más tarde, la paella reúne la extraña condición de ser expresión mayor de lo popular y, al mismo tiempo, ahora sí, en un invitado en la alta gastronomía. Por eso, quienes, en su día, se preguntaron por qué la paella no podía ser tomada más en serio, ahora introducen un nuevo interrogante: ¿podría un sitio de paellas recibir una estrella Michelin?


Sería el siguiente paso, cree Guillermo Navarro, uno de los fundadores de Wikipaella, miembro de aquella cuadrilla de publicitarios valencianos en Madrid que, algo aburridos, decidieron iniciar una cruzada con cosas: todo por la paella.


Navarro, al frente de la misión del emoji (en origen nacida como una campaña para Arroz La Fallera), entiende que la mayoría de propósitos planteados se han cumplido: desde un día mundial de la paella, desde una guía y, por supuesto, la inclusión en el idioma de los teléfonos móviles. Una actualización de su condición de plato absolutamente vigente. Uno de esos clásicos que lo es porque funciona al adaptarse a cualquier época, atravesando el tiempo.


La consideración de que en Valencia ciudad no se come buena paella desapareció, con presencias variadas de muy buena calidad, desde Casa Carmela a Lavoe, pasando por Goya.


Los establecimientos que han articulado todo su discurso a partir del trato de la paella como elemento repleto de técnica tienen enorme éxito. Es el caso de Rioja, en Benissanó.



Es pertinente entonces plantear la duda: ¿para cuándo una paella con estrella? Hay lugares, como Casa Marcial, en Asturias, que las tienen a partir de un plato típico como la fabada, introduce Guillermo Navarro, considerando que "la paella puede estar en esa misma posición".


Preguntado por los candidatos principales a un reconocimiento así, plantea 3 nombres: el propio Rioja, "quien está elevando la experiencia a otro nivel"; Casa Carmela, "por historia y reconocimiento"; y Casa Elías, en el Xinorlet, Alicante, que aunque no haga paella valenciana, tiene un "cuidado por el detalle y la experiencia altísimo".


A menudo tomada como un elemento del ámbito doméstico —la paella es un momento—, su búsqueda de reconocimiento no pretende convertir en elitista un plato que no lo es, sino más bien asumir con naturalidad que una receta de popularidad tan extensa, con origen humilde, puede competir en cualquier frente, sin complejos.


Es asumir que, a partir de la calidad del producto, la técnica y los procesos, puede haber distintas gamas. Este no solo no sería un viaje nuevo, sino que es un trayecto habitual en cocinas que desde la raíz han ido potenciando sus detalles: desde la pasta al sushi.


El habitual meme del valenciano enfadado ante una combinación disparatada a la que se le pone el nombre de paella (alerta chorizo), en el fondo ha evolucionado hacia un buen número de establecimientos empeñados en hacer una paella mejor, en someterse a procesos de mejora.


Si la paella es una manera de explicar a una sociedad, este momento se enmarca en una fase en la que no basta conservar aquello que siempre se tuvo, sino plantear cómo puede ser todavía mejor como forma de mantenerlo vivo. Un ejercicio de exigencia que no implica tanto conseguir una estrella como saber que la paella es merecedora de ella. Un plato clásico, y por tanto contemporáneo.

Si bien la Guía Michelin en su web recoge la receta de la paella https://guide.michelin.com/en/article/dining-in/how-to-make-paella-chef-daniel-lugo, no existe ningún restaurante en la Guía que tenga este plato como icono de su estrella, y sí existe en un mercado de Taiwán una estrella para el sushi.


FUENTE: EL CONFIDENCIAL, Vicent Molina

 
 
 
12 ago
3 min de lectura

GastroTOUR 12/08/2026


Si un juez de la estrella Michelin aterrizara en la Chiquitania y tuviera que elegir los tres mejores platos de esta comarca de Santa Cruz, puntuaría con su máxima puntuación el coto relleno, el curari y la patasca de pato.


Esta vital información la hemos obtenido gracias al trabajo de campo y de investigación de nuestro asesor de redacción y chef Fernando Catalán, que seguramente en estos momentos es el que más sabe de gastronomía chiquitana y ha ideado, entre otras, las rutas gastronómicas de San José y Chochís, y ahora en el Altiplano se prepara para idear la ruta gastronómica del Tiwanaku de la antigua cultura tiahuanacota. Así es la gastronomía: tener la posibilidad de viajar y probar, como por ejemplo, estas joyas de la cocina que hoy les presentamos.


COTO RELLENO


Coto relleno de San José preparado por Hermanas Campos, es un plato tradicional de la gastronomía típica de San José de Chiquitos que forma parte de la herencia culinaria de la región chiquitana. El origen de la receta está ligada tradicionalmente a esta zona del oriente boliviano, elaborado con el cuello (coto) de la gallina criolla.


Lleva los siguientes ingredientes principales: relleno de menudencias picadas (corazón, hígado), papa, huevo, especias y arroz. Para prepararlo lo primero es coser el coto, se sancocha y se fríe para lograr una textura ideal.


En Santa Cruz capital se puede probar en Casa Suárez, una experiencia única.


CURARI


El curari es un plato tradicional de herencia indígena de la zona chiquitana, concretamente en Concepción, que destaca por el uso de ingredientes muy frescos y una técnica única para dar sabor y sal al final de la preparación.


El guiso ancestral de la Chiquitania hecho por doña Juana se hace a base de maní fresco, hueso ahumado de res (eup) y plátano verde, cocinado tradicionalmente a leña en olla de barro sin sal ni condimentos añadidos durante la cocción.


Hay que estar atento a que el maní no se pase y no quede secado; es un platillo que va de la tierra al plato.


PATASCA DE PATO CHOCHÍS


La patasca de pato en Chochís es un plato tradicional y muy famoso de la zona de Chochís, en la Chiquitania (Santa Cruz, Bolivia), que consiste en un asopado espeso a base de pato tierno, mote de maíz y un buen ahogado con achiote (urucú). Ingredientes principales: 1 pato tierno cortado en presas, 1 kg de mote de maíz (previamente cocido), 3 cebollas rojas picadas, 5 dientes de ajo machacados, 1 cucharada de urucú (achiote) en grano o aceite con urucú para dar color, 1 cucharada de comino y ají colorado (opcional), cebollín o cebolla verde picada, agua, sal y pimienta al gusto.


Preparación paso a paso.


Cocinar el mote: Si el maíz no está cocido, ponlo a hervir en abundante agua hasta que reviente y esté suave. Reserva.

Dorar el pato: En una olla grande, calienta un poco de aceite y sella las presas de pato hasta que estén doradas por ambos lados. Retira y reserva.

Hacer el ahogado: En la misma olla, añade el aceite con urucú para que suelte el color característico. Agrega la cebolla picada, el ajo, el comino y el ají colorado, dejando sofreír hasta que todo esté bien integrado.

Guisar el pato: Incorpora nuevamente las presas de pato a la olla con el ahogado, añade agua caliente y deja cocinar a fuego medio hasta que la carne del pato esté suave y tierna.

Juntar los ingredientes: Agrega el mote cocido a la olla con el pato. Deja hervir todo junto por unos minutos más para que los sabores se mezclen y el caldo tome cuerpo. Sazona con sal al gusto.

SERVIR muy caliente y con cebollín picado sobre el guiso.

 
 
 
30 jul
4 min de lectura

GastroTOUR 30/07/2026


Los supermercados públicos son una iniciativa del alcalde de Nueva York que ha reavivado el debate sobre estos establecimientos como una posible herramienta para garantizar el acceso a alimentos frescos y de proximidad y abaratar los costos de la cesta de la compra. Una sola persona puede cambiar la vida de millones sin que su nombre le suene a casi nadie.


Para muestra, Clarence Saunders, el estadounidense que modificó radicalmente la manera de comprar alimentos, aunque no mucha gente lo sepa. Comerciante primero y empresario después, Saunders patentó en 1917 un modelo de venta alimentaria que no existía hasta la fecha: las tiendas de autoservicio, el germen del supermercado.


Sí, esto de recorrer los pasillos a solas y coger directamente los productos de las estanterías se le ocurrió a un señor de Virginia hace más de un siglo.


Y se concibió desde un inicio como un laberinto para atrapar clientes, reducir costes y maximizar los beneficios de la empresa.


El concepto, en esencia, no ha cambiado desde entonces. Para comprobarlo, basta observar el diseño que registró Saunders en la Oficina de Patentes de Estados Unidos y leer la descripción que lo acompaña: “El objetivo de mi invención es proporcionar un equipamiento para que el cliente pueda servirse a sí mismo y, al hacerlo, se vea obligado a revisar todo el surtido de productos en stock, exhibidos de manera conveniente y atractiva, [mediante] un camino sinuoso a través de la tienda”.


Con el autoservicio, el local “se libera de una gran proporción de los gastos” necesarios para operarlo, escribió. El modelo permite “prescindir del empleo de muchos dependientes que normalmente se encargan de atender a los clientes”.


Conocer esta génesis ayuda a entender por qué la idea de un supermercado público hace tantísimo ruido.


Es un oxímoron, una contradicción: priorizar el acceso a los alimentos básicos a un precio asequible, poner en el centro el bienestar de las personas y tratarlas como parte de la ciudadanía, y no tanto de la clientela, está en la acera opuesta del modelo original. Por eso la iniciativa del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, de construir cinco supermercados públicos en su ciudad antes de 2030 generó críticas y escepticismo.


¿QUÉ ES EXACTAMENTE UN SUPERMERCADO PÚBLICO?


Estos supermercados son superficies comerciales de gestión pública, cuyo principal objetivo es garantizar el acceso a alimentos básicos, saludables y frescos a buen precio. Muchas veces, además, se abastecen con alimentos de cercanía para fortalecer el tejido productivo del lugar donde se encuentran, acortar las cadenas de distribución, reducir costes y funcionar de un modo más sostenible.


Aunque hay diferentes modelos –no es lo mismo una zona rural que una urbana ni una ciudad pequeña que una capital–, lo que se busca es anteponer los beneficios sociales a la rentabilidad del negocio.


Argumentos a favor: reducir los márgenes de ganancia bajaría el precio de los alimentos, sería más fácil hacer una compra saludable, las personas más vulnerables podrían comer mejor y se daría impulso a los productores locales, dado que serían los proveedores preferentes.


En contra: crear y mantener una red de supermercados implicaría una gran inversión para las arcas públicas, podría haber riesgo de competencia desleal con las empresas, y la bajada de precios casi no se notaría porque los supermercados tradicionales ya operan con márgenes de beneficios del orden del 2 %. De hecho, a comienzos de este año fue noticia que Mercadona alcanzó en 2025 un margen de beneficio neto del 4,5 %.


Para los expertos lo primero es entender que la alimentación es un derecho, igual que la salud y la educación. Si tenemos escuelas públicas y un sistema público de salud, ¿por qué no podemos tener también una red pública de alimentación que garantice unos mínimos dignos a todas las personas? No se trata de sustituir a las empresas privadas, sino de ofrecer una base de seguridad, cómo sería la vida sin educación ni sanidad públicas.


Pues eso es lo que pasa hoy con la comida.Los supermercados públicos no son una rareza ni están condenados al fracaso. En México, por ejemplo, funcionan las Tiendas del Bienestar, una red de abasto; sobre todo, rural, que cuenta con más de 24.000 locales fijos y móviles. El programa arrancó en 1979, su objetivo es proveer a la población de alimentos básicos y nutritivos a precios accesibles, y las tiendas están gestionadas por las propias comunidades, pero articuladas por el Gobierno del país.


En Estados Unidos también hay precedentes exitosos, como los economatos militares, que operan con precios entre un 25 y un 30 % más bajos que el comercio convencional. La Agencia de Economatos de Defensa (DeCA, por sus siglas en inglés) vende los productos al precio de coste más un recargo del 5 %, por ley. Con ese plus se cubren los gastos de construcción y modernización de los almacenes. ¿La clave del éxito? El volumen: la DeCA centraliza las compras de todo el Departamento de Defensa y aprovecha ese enorme poder de negociación con los proveedores.


La alimentación es un negocio de escala, en un artículo donde analizan la viabilidad de estas iniciativas. Los supermercados públicos pueden tener éxito, pero solo con la escala y la sofisticación operativa de modelos probados, Se trata de combinar los precios del economato militar con la eficiencia de los almacenes Comprar en grandes cantidades, contratar a trabajadores sindicados como empleados municipales, y hacer que sea alegre y digno trabajar y comprar allí.


FUENTE El PAÍS

 
 
 

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