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  • hace 4 días
  • 3 min de lectura

GastroTRAVEL 11/06/2026


Esta es una historia surrealista del tipo que tanto le gusta a Bélgica. En mayo de 2006, Hakuna Matata, una agencia de comunicación especializada en placeres gastronómicos, y The Fungroup, una empresa especializada en instalaciones de parques de atracciones con grúas, unieron fuerzas e hicieron realidad el sueño de un niño: una mesa de cena voladora bautizada como Cena en el Cielo, que sirvió de escenario para que 22 jóvenes restauradores europeos se pusieran su gorro de chef blanco. En los últimos años, Cena en el Cielo ha surcado los cielos de 60 países… En Europa, por supuesto, pero también en Australia, Japón, India, Dubái, Sudáfrica, Brasil, Estados Unidos, México, Canadá… y China.


A lo largo de los años, hemos organizado más de 5000 eventos en ciudades que van desde París hasta Las Vegas, así como en Sídney, Ciudad del Cabo, Dubái, Bogotá y São Paulo. Todos estos eventos fueron únicos e irrepetibles.


Fueron cenas increíbles, por supuesto. Podemos mencionar, por ejemplo, el evento organizado en los cielos de Mónaco para el Príncipe Alberto, con el chef francés más prestigioso, Joël Robuchon, al mando. Pero también introdujeron nuevos conceptos creativos, como un bar de playa en el cielo, una ópera en el cielo con Lesley Garrett cantando en la Torre de Londres, un cibercafé en el cielo para Nokia en Las Vegas y un partido de póker en el cielo durante el Gran Premio de Motociclismo de Jerez.


LAS ESTRELLAS BRILLANTES DE LA GASTRONOMÍA


Las estrellas más brillantes de la gastronomía ocuparon su lugar detrás de nuestros fogones: desde Pierre Gagnaire hasta Marc Veyrat, desde Heston Blumenthal hasta Anton Mosimann, desde Dani García hasta Paco Roncero, desde Alain Passard hasta Yannick Alléno… Volamos sobre los lugares más mágicos imaginables: el Strip de Las Vegas, los jardines del Hotel King David, la Marina de Dubái, las colinas de Villa Borghese, las orillas del río San Lorenzo, la playa de Copacabana y la bahía de Ciudad del Cabo, por nombrar algunos…

Los principales medios de comunicación del mundo mostraron su interés en el concepto: ABC, NBC, TV Globo… el Herald Tribune, Le Monde, el Frankfurter Allgemeine… People Magazine, Elle, Forbes… Celebridades de renombre mundial ocuparon su lugar en las mesas: el Príncipe Alberto de Mónaco, Hiromi Izawaki, Oscar B. Goodman… La originalidad del concepto del evento y su efectividad fueron reconocidas con un Globe Award en Boston, el SMB Advisor Award en Dubái, un Trophée Heavent en Deauville…


EVENTOS EN EL CIELO


Este éxito ha sido posible gracias a dos palabras clave que guían todas nuestras actividades: Exclusividad y Seguridad. El cielo es un sueño que siempre ha fascinado a la humanidad. Hoy en día, la gente busca experiencias extraordinarias, cada uno soñando con algo diferente. Nuestra empresa matriz, Events in the Sky, quiere ofrecer a sus clientes las experiencias más exclusivas imaginables, con total seguridad.


Ya sea una boda sobre el Gran Cañón o la laguna de Venecia… o una cena de tres estrellas en las alturas sobre los Jardines de las Tullerías en París… o una reunión de negocios sobre la City de Londres… o un concierto de piano con vistas a la bahía de Sídney… o una proyección de cine sobre la Bahía de los Ángeles en Cannes… Todos estos sueños son alcanzables gracias a Events in the Sky.

 
 
 
  • 14 may
  • 2 min de lectura

GASTROTOUR 14/05/2026


Hoy te traemos la cocina desordenada vs. la cocina profesional. La diferencia entre una cocina que sufre cada servicio y una cocina que trabaja con control no suele ser el talento. Suele ser el sistema.


Cuando no hay procesos, todo depende del día, de quién esté en turno o de la presión del momento. Una cocina profesional, en cambio, mantiene el orden, aunque el servicio apriete.


10 TIP PARA LOGRAR ORDEN


Estos son los 10 cambios que convierten una cocina desordenada en una cocina más profesional:


  1. Improvisación constante vs. procesos claros: cuando todo se decide sobre la marcha, aparecen errores; con procesos claros, el equipo sabe cómo actuar.

  1. Caos durante el servicio vs. trabajo organizado: una cocina sin orden se bloquea rápido; un flujo claro permite trabajar con más ritmo.

  2. Dependencia de una persona vs. sistema que funciona con cualquier equipo: si todo depende de alguien concreto, el negocio es frágil; el sistema debe sostener el trabajo.

  1. Errores repetidos vs. control y menos fallos: repetir los mismos errores muestra falta de revisión; medirlos ayuda a corregirlos.

  2. Tiempos descoordinados vs. control de tiempos: no basta con cocinar bien, hay que sacar cada plato en el momento correcto.

  1. Platos diferentes cada vez vs. resultados iguales siempre: el cliente espera recibir la misma calidad cada vez, sin importar quién cocine.

  2. Estrés constante en cocina vs. trabajo ordenado y bajo control: el estrés baja cuando hay preparación, roles claros y método.

  1. Falta de planificación vs. mise en place bien hecha: una buena preparación antes del servicio evita correr y resolver tarde.

  2. Desperdicio de producto vs. control de mermas: controlar mermas cuida el margen y mejora el uso del producto.

  1. Reacción a problemas vs. prevención con sistema: una cocina profesional no solo apaga fuegos, se organiza para que pasen menos.


Una buena cocina no depende del día, depende del sistema. Comienza por aplicar estos 10 pasos y tu vida en el restaurante cambiará.

 
 
 
  • 29 abr
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GastroTOUR 29/04/2026


La cocina puede ser un espacio de rebeldía en un mundo de algoritmos que limitan los hallazgos fortuitos. ¿Y si, en lugar de comer lo que ya sabemos que nos gusta, hiciéramos lo contrario?


Existe una brecha evidente entre el comportamiento racional que se presume que el sentido común airea y lo que la gente realmente hace.


Vivimos convencidos de nuestra racionalidad, pero nuestras decisiones cotidianas desmienten esa fe en la lógica. En el libro Las trampas del deseo, el catedrático de Psicología y Economía Conductual Dan Ariely lo demuestra: los humanos somos predeciblemente irracionales, porque repetimos nuestros errores de forma sistemática, lo que vuelve nuestros fallos completamente previsibles.


De ahí que, en un menú con tres opciones de precio, el más caro actúe como señuelo para que los clientes se decanten por el de en medio, del mismo modo que los algoritmos utilizan sesgos semejantes para influir en nuestras decisiones. Esa ilusión de autonomía es la misma que gobierna buena parte de nuestra vida digital.



Las redes sociales, las plataformas de streaming o las tiendas en línea no hacen más que explotar esa previsibilidad. No buscan lo que es objetivamente mejor, sino aquello que maximiza el tiempo de permanencia en una aplicación o la probabilidad de compra.



El sistema no necesita adivinar lo que nos gusta: basta con observarnos repetir el mismo patrón una y otra vez. Luego nos conduce por el atajo más corto —rutas de bajo esfuerzo y alta predictibilidad— hacia la repetición del mismo comportamiento. El célebre comentario de Henry Ford capta el mecanismo de nuestro pensamiento: “Si le hubiera preguntado a la gente qué es lo que querían, me hubieran respondido que caballos más rápidos”. Dicen los que saben de estas cosas que la rigidez psicológica deriva de la tendencia a evitar opciones en las que la probabilidad de éxito es incierta y a preferir aquellas con resultados ya probados o conocidos.


Eso explicaría esa proclividad tan humana a dar por cerrado el catálogo de la propia vida: ya tienen los amigos que necesitan, los platos que les gustan, los destinos que repiten cada verano. Pura economía cognitiva: el cerebro ahorra energía y se protege de la incomodidad de lo nuevo. Daniel Kahneman tradujo estas desviaciones de la lógica en sesgos cognitivos y demostró que la aversión a la pérdida y la resistencia al statu quo son patrones universales de conducta. Como recordó Bourdieu, el gusto es también una declaración de identidad y pertenencia: cada preferencia cuenta una biografía. Por eso, cuando alguien dice “ya sé lo que me gusta y no soy muy dado a probar cosas nuevas”, no está cerrando una puerta, sino reforzando una demarcación.


El problema reside en que habitamos un ecosistema digital cada vez más sustentado en programas diseñados para aprender y priorizar nuestros gustos, acortando los tiempos de búsqueda. Al ahorrarnos el esfuerzo, corremos el riesgo de clausurar toda posibilidad de hallazgo fortuito y de enriquecimiento accidental en nuestro catálogo de intereses individuales.


La verdadera pregunta es: ¿por qué no emplear esa enorme capacidad predictiva para recorrer el camino contrario? ¿Por qué no instruir a la inteligencia artificial para que, conociendo nuestras jerarquías de prioridad, nos conduzca —de forma deliberada y ocasional— por la ruta nunca transitada? En ese razonamiento se encuentra el motor de la idea del desalgoritmo que inspira la cocina de Mugaritz.


Una ruptura de inercia, como la de Alicia en el País de las Maravillas, cuando decía: “Si yo hiciera mi mundo, todo sería un disparate. Porque todo sería lo que no es. Y entonces, al revés, lo que es, no sería, y lo que no podría ser, sí sería”. Una forma de pensar y crear fuera de las rutinas; lejos de lo previsible, provocando preguntas y desestabilizando certezas, asumiendo la búsqueda como método. En contraposición a las fórmulas asumidas, proponer una inteligencia poética de la duda, donde cada plato es una hipótesis, un interrogante servido. En el fondo, se trata de una ética de la curiosidad: cocinar no para tener razón, sino para seguir buscando; para despertar el hambre de descubrir.

 
 
 

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