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  • 9 feb 2024
  • 2 min de lectura

09/02/2024 OPINIÓN





Por Borja Cortes Ubach




El vino no es simplemente vino. El vino, una bebida noble y milenaria que simbolizaba en religiones antiguas la unión de lo terrenal y lo espiritual.


La vitivinicultura, noble arte que reúne las técnicas para producirlo, nos une, genera empleo, moviliza a miles de turistas, que ávidos por aprender más, visitan y contribuyen al desarrollo de otras regiones, generando más empleo en sectores adyacentes.


El vino potencia los sabores de la gastronomía, sin duda alguna, la pareja ideal de la comida, de nuestros alimentos, de los platos y recetas llevando además la marca Argentina, Bolivia, Uruguay, Chile… a la intimidad de las mesas del mundo.


La mayoría de los consumidores disfrutan del vino como lo hacen de la comida: con moderación y como parte de un estilo de vida saludable. El consumo de vino es un acto social y, por lo tanto, hace falta compartirlo para poder disfrutar. En Bolivia hay que resaltar el gran aporte que está haciendo “La Academia del Vino en Santa Cruz”.


Por otro lado, las mejores bodegas de Latinoamérica están asociadas a “Wine in Moderation”, una coalición mundial de organizaciones vinculadas al vino que creen en una cultura sustentable de consumo a través de la educación, y promoviendo conductas responsables que eviten excesos.


El programa desarrolla principios para cuidar al consumidor, a las regiones productoras y al patrimonio del vino. Se difunde una cultura positiva, permitiendo al sector ofrecer sus productos responsablemente y educando al consumidor para que elija consciente y entienda que el disfrute se encuentra vinculado a la moderación.


Apreciar un vino es conocer su origen, su cultura y territorio. Apreciar un vino es entender su carácter único, maridarlo y beberlo lentamente. Disfrutar de un vino también es aprender a que el vino se intercala con agua.


El vino es parte de la mesa familiar y del encuentro con amigos.


Estamos convencidos de que la ley de alcohol 0 no resolverá los problemas que a todos nos preocupan. Sólo la educación y la efectiva aplicación de las penas podrán modificar conductas irresponsables y abusivas. Quienes hoy no respetan el límite de 0.5 no van a respetar el límite de 0.


Termino con unas estrofas de un poema de Borges, lleno de sentimientos y sensaciones al mismo. Un poema que nos recuerda la íntima relación que ha mantenido el ser humano con el vino a lo largo de milenios:


"Al Vino"

En el bronce de Homero resplandece tu nombre,

negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano

desde el ritón del griego al cuerno del germano.

En la aurora ya estabas. A las generaciones

les diste en el camino tu fuego y tus leones.

Junto a aquel otro río de noches y de días

corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías....

¡Disfrutemos con responsabilidad esta gran bebida, Salud!

 
 
 
  • 18 ene 2024
  • 2 min de lectura

18/01/2024 OPINIÓN




Por Jorge Mario Bergoglio




Selección y adaptación de unos párrafos del autor publicados este mes donde nos habla de los vicios y virtudes ha girado en torno a la relación con la comida, que puede terminar siendo fuente de problemas si no vivimos la virtud de la templanza y nos abandonamos a la gula.


"Mira cómo come. Come con prisa, queriendo saciarse, pero nunca se sacia". No tiene una buena relación con la comida. Es esclavo de la comida.


En la sociedad, donde se manifiestan muchos desequilibrios y muchas patologías, se come demasiado, o demasiado poco. A menudo se come en soledad. Se extienden los trastornos alimentarios: anorexia, bulimia, obesidad... Y la medicina y la psicología intentan atajar la mala relación con la comida. Una mala relación con la comida provoca todas estas enfermedades, todas….


Se trata de enfermedades, a menudo muy dolorosas, relacionadas sobre todo con tormentos de la psique y del alma. Hay una relación entre el desequilibrio psíquico y la forma de comer. Lo malo no son los alimentos en sí, sino la relación que tenemos con ellos….


La comida es la manifestación de algo interior: la predisposición al equilibrio o a la desmesura; la capacidad de dar gracias o la arrogante pretensión de autonomía; la empatía de quien sabe compartir la comida con los necesitados, o el egoísmo de quien lo acumula todo para sí mismo….


Esta es una pregunta muy importante: "Dime cómo comes, y te diré qué alma posees". En el modo de comer se revela nuestro interior, nuestras costumbres y nuestras actitudes psíquicas.


Antiguamente la “gula” se llamaba “gastrimargia”, término que puede traducirse como “locura del vientre”. La gula es una locura del vientre. Aquí está este proverbio: que nosotros debemos comer para vivir y no vivir para comer. Es un vicio que se injerta en una de nuestras necesidades vitales, como la alimentación. Estemos atentos a esto….

Si lo leemos desde un punto de vista social, la gula es quizá el vicio más peligroso que está acabando con el planeta. Porque el pecado de quien cede ante un trozo de pastel, después de todo, no causa gran daño, pero la voracidad con la que nos hemos desatado, desde hace unos siglos, hacia los bienes del planeta, está comprometiendo el futuro de todos.


Nos hemos abalanzado sobre todo para hacernos dueños de todo cuando había sido consignado a nuestra custodia, no a nuestro fundamento. Este es entonces el gran pecado, la furia del vientre: hemos abjurado del nombre de hombres para asumir otro: "consumidores". Hoy se habla así en la vida social: consumidores….


Ni siquiera nos dimos cuenta de que alguien había empezado a llamarnos así. Estábamos hechos para ser hombres y mujeres “eucarísticos”, capaces de dar gracias, discretos en el uso de la tierra, y en cambio el peligro es de transformarse en depredadores, y ahora nos estamos dando cuenta de que esta forma de "gula" nos ha hecho mucho daño al mundo.


Hay que comer, pero entrando en el camino de la sobriedad, y que la gula no se apodere de nuestra forma de vida.


FUENTE: Ciclo de catequesis de los vicios y virtudes del Papa Francisco

 
 
 
  • 8 ene 2024
  • 3 min de lectura

08/01/2024 OPINIÓN




Por Arturo Pérez-Reverte




No hay meseros, le decía el dueño del bar a su amigo. No los encuentras, no hay manera. Me sorprendió esa conversación. Así que pegué la oreja, advirtiendo que no se referían a empleados en general, sino a gente especializada, profesional. A meseros o camareros capaces de hacer con eficacia su trabajo en un momento en el que aquí, como en el resto de los bares, los cafés, los restaurantes, están que les crujen las costuras.


Esa conversación sorprendida al azar me tuvo un rato comparando recuerdos con el presente. Pasando revista a lugares que conocí y conozco: locales a los que sigo yendo porque conservan el personal que los hace acogedores, y otros que dejé de frecuentar porque, aunque parecen los mismos, sus camareros nada tienen que ver con los que aprecié en otro tiempo. Porque un lugar abierto al público, bar, café, restaurante, hotel, depende siempre del personal que le da vida.

 

La conclusión fue triste: hay sitios que gracias a quienes los atienden se mantienen agradables; pero muchos derivan hacia la improvisación y el descuido. Lo que antes era oficio serio desempeñado por profesionales —España tuvo y sigue teniendo, con Italia, los mejores camareros del mundo— ronda hoy la improvisación y la chapuza. El camarero de toda la vida, veterano de ambos sexos que entiende a los clientes y se mueve entre ellos con la eficacia y el respeto propios de su digno oficio, es especie en extinción. Ocupan su lugar trabajadores accidentales que no sólo ignoran las reglas básicas, sino que parecen —y son— gente que va a estar allí un rato antes de irse a otro lugar y otro trabajo.

 

Sobre el respeto y la atención debidos al cliente, que es quien paga la cuenta, ustedes conocen tantos ejemplos como yo: desde el que tutea a bocajarro a abuelos septuagenarios, al torpe de buena voluntad o el que se conduce con maneras desabridas o groseras. Y no siempre es su culpa, pues muchos llegan a ese trabajo sin preparación ninguna, a falta de otra cosa, y lo dejan antes de aprender el oficio. Hace poco, en presencia de amigos, me vi en la embarazosa tarea de ser yo quien abriera una botella de vino, pues el muchacho que la servía, en su primer día de trabajo, no era capaz de utilizar correctamente un sacacorchos.

 

¿Qué está ocurriendo? Pues que un mesero, un camarero no se improvisa. Hasta no hace mucho, un profesional de la hostelería podía pasar la vida haciendo eso y mantener a su familia —recuerdo al imponente Antonio, con su porte aristocrático, en el café Mastia—. Pero ahora las cosas no son así, o lo son cada vez menos. El de camarero es un trabajo durísimo, ingrato, con horarios terribles, que requiere nervios templados, buen golpe de vista, educación extrema y conocimientos adecuados. Eso hay que pagarlo bien, naturalmente; pero ocurre que ya no se paga, o se paga cada vez menos. Los empleadores prefieren mano de obra barata, jóvenes sin cualificar a los que puedan quitarse de encima cuando quieran. Y de otra parte, el personal idóneo, en vista del panorama, prefiere moverse a salto de mata: temporada de verano para ganar algún dinero y luego ya veremos. Y así pasa lo que pasa. He dejado de ir a restaurantes o cafés que antes adoraba porque cada vez, de mes en mes y hasta de semana en semana, encuentro camareros nuevos que, pese a su buena voluntad, no duran hasta asentarse en el trabajo.

 

También el cliente es culpable: ni exige lo adecuado, ni a veces se encuentra a la altura de lo que exige, cuando lo hace. La grosería y la falta de educación son contagiosas y acaban yendo en ambas direcciones. Y está, además, lo de las propinas, que son para los camareros estímulo y sobresueldo. Ahora pocos clientes las dejan, y hay locales donde no se permite incluirlas en los pagos con tarjeta. Pregúntense ustedes por qué.

 

Por supuesto que el dueño de un establecimiento debe ganar dinero; para eso lo abrió. Pero si quiere que el cliente esté satisfecho y vuelva, no puede pretenderlo pagando una miseria a los empleados. Si no es posible vivir de ese trabajo no habrá profesionales, sino eventuales que ni satisfarán a nadie ni se beneficiarán ellos. Tenemos que velar que meseros y camareros así como el resto del personal de la hostelería, pudiera desempeñar con dignidad un oficio del que tantas familias dependen y van a depender en el futuro.

 
 
 

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