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  • hace 6 días
  • 3 min de lectura

SOLO VINO 11/08/2026


De la clásica sangría a los experimentos de coctelería moderna, el vino se acoda en las barras con nueva comodidad. Spritz y cocteles o tragos directos son los más bebidos.


Para un purista, hablar de “tragos” con vinos es algo prohibido e inimaginable. Para el resto de los consumidores, no resulta algo grave. Sin embargo, las cosas han cambiado bastante de la mano de nuevas tendencias y, sobre todo, nuevos hábitos de consumo, en donde las marcas de bebidas pusieron el ojo y las apuestas.


El fenómeno más reciente son los Spritz. Con ese nombre se conocen en la coctelería a los tragos que se hacen a base de vino espumante –dulce o seco– y un dash –lo que comúnmente se llama “chorrito”– de un bitter o amaro para perfumar y reforzar el sabor. Muy típicos del Véneto, Italia, y exitosos en Alemania, donde ganaron fuerza en la década pasada, ahora le dan la vuelta al mundo con furor creciente. Son en nuestro país la más nueva apuesta en la materia.


Motivados por el alza de los espumantes y por el creciente consumo de aperitivos, en los últimos años desembarcaron dos grandes del negocio de bebidas con sus versiones de aperitivos para Spritz: el grupo Campari importa su famoso Aperol, un bitter liviano, perfecto para combinar con espumantes secos o dulces; mientras que Gancia se lanzó a la carrera presentando en sociedad su Gancia Spritz, bitter al que la marca le diseñó a medida dos espumantes, que se venden como Fratelli Gancia Italian Dolce y Secco.


Pero ahí no termina la cosa. En los últimos años también llegaron algunos proseccos desde Italia. Ni más ni menos que vinos espumantes ligeros que, en materia de combinaciones, son el ABC de los Spritz de moda en todo el mundo. Marcas como Canevari o Martini desembarcaron estrictamente en alta coctelería y siguiendo una tendencia mundial de consumo en ascenso.


Tragos directos


En esa línea, 2012 marcó el inicio de una escalada por acercar el vino a la coctelería con tono local. Marcas como Chandon, Navarro Correas y Norton venían trabajando en esa hipótesis. A ellos se sumaron marcas más chicas como Las Perdices y otras que viraron desde los frizzantes, como New Age. La idea, comentaban en bambalinas sus gerentes de marketing, era llevar al vino a nuevas situaciones de consumo en la que los códigos de referencia, es decir, el ABC que reclama de conocimiento, fueran menores y así potenciar su consumo entre los jóvenes en edad legal.


Cada empresa optó por su camino. Chandon lanzó Délice, un espumante dulce que combina muy bien como trago directo, con hielo y albahaca o pepino, por ejemplo, y al que le han puesto todos los cañones a contar desde 2014. Mientras que Navarro Correas desarrolló algunos tragos que llevó a sus acciones y Norton apuntó a ser la bebida compañera de Aperol, por medio de un joint venture con su Cosecha Tardía y Norton Extra Brut. No fueron los únicos. La Riojana también propuso cocteles con vino, como Ponche Florentina, con Santa Florentina Dolce Malbec Rosé y Spritz Torrontés, mientras marcas como Saurus o Phubus también lanzaron versiones de Bellini y Spritz.


Mezcla y triunfarás


De todas estas experiencias, una cosa queda clara: a la industria del vino le tienta el negocio y los consumidores de la coctelería. Y ya no solo con el viejo clericó, que ahora se puede beber en alguna de las barras más reputadas del país como un guiño nac&pop más bien chic, sino como un puente entre consumidores nuevos a los que la complejidad aparente del vino podría repeler.


Quizás por eso los experimentos de coctelería vínica suelen ser con productos especiales y con vinos de línea. El caso de Malamado, de Familia Zuccardi, es emblemático. Al diversificar su oferta con un Dry apuntó al corazón de la coctelería como un alcohol logrado para tragos y hasta organiza un concurso para bartenders para promocionar su uso.


De Aperol Spritz al Malamado Bellini, el vino parece acomodarse cómodamente en la barra a la caza de nuevas oportunidades y consumidores.

 
 
 
  • 4 ago
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SOLOVINO 04/08/2026


Un manual práctico para enfrentarse a cualquier carta sin miedo: qué preguntar, en qué fijarse y los estilos “comodín” que nunca fallan.


Sí, a veces la carta de vinos intimida y elegir el maridaje perfecto en un restaurante puede convertirse en un examen sorpresa.


Nombres imposibles, regiones desconocidas y precios que no siempre ayudan a decidir.


Es un momento más común de lo que parece: querer acertar sin tener del todo claro cómo.


Sin embargo, hay una idea clave que cada vez repiten más profesionales de sala: no hace falta saber de vino para disfrutarlo. Tampoco para elegir bien. “El cliente no tiene que demostrar nada, solo encontrar algo que le guste”, explican desde la sala. Y ahí es donde cambia todo.


CAMBIAR EL ENFOQUE: DEL TECNICISMO A LO SENSORIAL


El primer paso no está en la carta, sino en uno mismo.


En lugar de intentar descifrar variedades o denominaciones, conviene pensar en sensaciones.


¿Apetece algo ligero o con más cuerpo? ¿Fresco o intenso? ¿Con mucha fruta o más seco?


Sí, a veces la carta de vinos intimida y elegir el maridaje perfecto en un restaurante puede convertirse en un examen sorpresa.


Nombres imposibles, regiones desconocidas y precios que no siempre ayudan a decidir. Es un momento más común de lo que parece: querer acertar sin tener del todo claro cómo.


Sin embargo, hay una idea clave que cada vez repiten más profesionales de sala: no hace falta saber de vino para disfrutarlo. Tampoco para elegir bien.


“El cliente no tiene que demostrar nada, solo encontrar algo que le guste”, explican desde la sala. Y ahí es donde cambia todo.


Traducir el vino a un lenguaje más cotidiano y menos técnico simplifica la elección de forma inmediata. Es, en la práctica, el atajo más eficaz para no perderse, es preguntar.


Algunas fórmulas que funcionan especialmente bien:


• “Busco un vino fácil de beber.”

• “Algo que no sea muy fuerte.”

• “¿Qué recomendarías si no quiero arriesgar?”

• “¿Qué está gustando más ahora mismo?”


Este tipo de preguntas abre la puerta a recomendaciones más afinadas y evita respuestas excesivamente técnicas.


Además, demuestra interés real, no desconocimiento. El sumiller lo agradecerá.


HABLAR DE LO QUE SÍ SABES


Un truco poco utilizado es salir del propio vino. Hablar de gustos generales, aunque no tengan que ver directamente, puede ser más útil que intentar acertar con una variedad.Decir “me gustan las cervezas suaves” o “prefiero sabores salados o dulces” ofrece más pistas que mencionar un nombre aprendido a medias. El gusto es un lenguaje universal, y un buen profesional sabrá traducirlo en una copa.


Para quienes prefieren ir sobre seguro, hay perfiles que funcionan casi siempre, especialmente cuando se está empezando. Son los comodines del vino.


En blancos, los estilos frescos y aromáticos suelen ser la opción más amable. Un verdejo equilibrado o un albariño ofrecen acidez, fruta y facilidad de trago, sin exigir experiencia previa.


En tintos, mejor optar por vinos con buena fruta y tanino sedoso. Los tempranillos accesibles o las garnachas jugosas resultan más agradables que opciones demasiado estructuradas o con mucha madera.


Y si la duda está entre blanco y tinto, el rosado se ha convertido en un aliado cada vez más sólido. Fresco, versátil y gastronómico, ha dejado atrás prejuicios y hoy es una elección moderna y segura.


EL PRECIO, UN MITO QUE CONVIENE DESMONTAR


Uno de los errores más frecuentes es asociar precio con acierto. En realidad, más caro no siempre significa más adecuado. Muchas cartas esconden auténticas joyas en gamas medias que ofrecen más disfrute que referencias más prestigiosas, pero menos accesibles al paladar.


Pedir sin rodeos también ayuda: “algo bueno en torno a 250 o 300 Bs.-” es una indicación clara, útil y cada vez más habitual en sala.


Elegir vino no debería ser un ejercicio de conocimiento, sino de placer. La cultura del vino lleva tiempo cambiando hacia un enfoque más abierto, menos solemne y más cercano. Porque saber de vino no es memorizar etiquetas ni impresionar a nadie. Es, simplemente, descubrir qué te gusta. Y eso, por suerte, está al alcance de cualquiera.


FUENTE: Cocinillas de El Español

 
 
 
  • 28 jul
  • 2 min de lectura

SOLOVINO 28/07/2026


La Guía MICHELÍN decidió ampliar su campo de acción y entrar de lleno en el universo del vino.


La publicación presentó oficialmente MICHELÍN Grape, una nueva herramienta de evaluación dedicada a reconocer a las bodegas más destacadas del mundo.



Para iniciar el proyecto, la elección recayó en Borgoña, una región que ocupa un lugar central en la vitivinicultura internacional y que es considerada por muchos como el origen del concepto moderno de terroir.



La primera selección está integrada por 94 bodegas. Nueve de ellas obtuvieron la máxima distinción, Tres Uvas MICHELÍN; otras 20 recibieron Dos Uvas MICHELÍN; 33 fueron reconocidas con Una Uva MICHELÍN y las 32 restantes pasaron a integrar la Selección MICHELÍN.


Con este lanzamiento, Michelín se adentra en un terreno que hasta ahora había permanecido fuera de su tradicional sistema de calificaciones.


Durante más de un siglo, la guía construyó su prestigio alrededor de la gastronomía y, más recientemente, del sector hotelero.


Ahora busca convertirse también en una referencia para consumidores, coleccionistas y profesionales del vino.


La metodología fue desarrollada por un grupo internacional de especialistas que trabajó de manera independiente.


Cada productor fue evaluado a partir de cinco criterios: calidad agronómica, dominio técnico, identidad, equilibrio y regularidad en el tiempo.


Según explicó la guía, la intención es valorar tanto el trabajo realizado en el viñedo como la personalidad de los vinos y la consistencia alcanzada a través de distintas cosechas.


Que Borgoña haya sido el punto de partida difícilmente resulte una sorpresa. La región francesa es una de las grandes referencias de la vitivinicultura mundial y buena parte de su reputación se construyó alrededor de la singularidad de cada parcela. Allí predominan los pequeños dominios familiares, muchos de ellos gestionados desde hace generaciones, donde cada viñedo busca expresar características propias.


Las variedades pinot noir y chardonnay encontraron en Borgoña algunas de sus versiones más reconocidas y codiciadas. Ese prestigio convirtió a la región en un destino de referencia para enólogos, productores, coleccionistas y aficionados de todo el mundo.


Nueve bodegas alcanzaron la máxima distinción


La categoría Tres Uvas MICHELÍN distingue a aquellos productores que, según el criterio de la guía, mantienen un nivel de excelencia constante más allá de las diferencias propias de cada vendimia.


En esta primera edición, las nueve bodegas reconocidas pertenecen exclusivamente a la Côte de Nuits y la Côte de Beaune, dos de las zonas más prestigiosas de Borgoña.


La categoría Una Uva MICHELÍN distingue a productores capaces de elaborar vinos de gran calidad y de alcanzar sus mejores resultados en las cosechas más favorables.


En total fueron reconocidas 33 bodegas repartidas entre la Côte de Nuits y la Côte de Beaune. Entre ellas aparecen nombres históricos como Armand Rousseau, Claude Dugat, Joseph Roty, Comte Georges de Vogüé, Clos de Tart, Domaine des Lambrays, Louis Jadot, Joseph Drouhin, Jean-Marc Roulot, Henri Boillot y Marquis d’Angerville.


FUENTE: The Cook and The Wine

 
 
 

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