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  • 25 mar
  • 3 Min. de lectura

TENDENCIAS 25/03/2026


No, el ayuno intermitente no funciona como pensábamos: un estudio científico lo descubre. Una revisión de ensayos clínicos comparó los resultados a doce meses con métodos de reducción calórica tradicional.


Lo que constataron era diferente de lo pensado.


Una revisión de ensayos clínicos comparó los resultados a doce meses con métodos de reducción calórica tradicional. Lo que constataron era diferente de lo pensado.


En un mundo en el que 2.500 millones de personas tienen sobrepeso (OMS, 2022), cualquier método “mágico” para combatirlo se convierte en una moda atractiva. En los últimos diez años, eso es lo que ha sucedido con el ayuno intermitente, el régimen que propone 14 o 16 horas consecutivas de ayuno todos los días.


Diferentes estudios encontraron que este modelo era efectivo para la pérdida de grasa y reducía la inflamación. Incluso, investigadores del King’s College de Londres comprobaron que disminuía el riesgo de sufrir algunos tipos de cáncer. Fuera del ámbito científico, figuras internacionales, desde LeBron James hasta Jennifer López, promovieron el ayuno intermitente.


DEBATE CIENTÍFICO POR EL AYUNO INTERMITENTE


En 2016, Yoshinori Ohsumi fue reconocido con el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento sobre la autofagia.


Este mecanismo biológico celular implica que, ante la escasez de nutrientes, el propio cuerpo se alimente de las “células dañadas”.


Pero muchos interpretaron que esto era una aprobación científica al ayuno intermitente como mecanismo de adelgazamiento porque se reducía la grasa.


Y, sin embargo, no es precisamente lo que sucede.


Una reciente revisión de Cochrane Library ha analizado la evidencia científica de una forma que hasta ahora jamás se había realizado. Cogieron 22 ensayos clínicos aleatorizados de 1.995 personas de Norteamérica, Europa, China, Australia y Sudamérica. La muestra poblacional diversa también aplicó para diferentes mecanismos en los que se realiza el ayuno intermitente. Algunos en días alternos, de forma periódica y con diferentes intervalos de tiempo. Luego, hicieron un seguimiento de hasta doce meses para evaluar si se había registrado una disminución de peso más efectiva que con métodos tradicionales.


La evidencia concluyó que no hubo diferencias clínicamente significativas en comparación con los consejos alimentarios habituales. Es decir, pasar mucho tiempo sin ingerir alimentos no aporta beneficios adicionales ni acelera su disminución. Lo que verdaderamente influye es la restricción de ingesta calórica.


EL AYUNO INTERMITENTE, SEGÚN EL ESTUDIO CIENTÍFICO


“El ayuno intermitente simplemente no parece funcionar para adultos con sobrepeso u obesidad que intentan perder peso”, afirmó Luis Garegnani, autor principal de la revisión del Centro Cochrane Asociado del Hospital Italiano de Buenos Aires, quien luego añadió: “Podría ser una opción razonable para algunas personas, pero la evidencia actual no justifica el entusiasmo que vemos en las redes sociales”.


Lo que los autores constataron es que el ayuno intermitente “no está a la altura de la fama” y que los médicos deben adoptar un enfoque individualizado para asesorar a cada paciente en el proceso de adelgazar. Sin embargo, reconocen que algunas muestras del estudio son inconsistentes y que se necesitan más investigaciones en poblaciones de países de ingresos bajos y medios porque podrían comportarse de forma diferente a la mayoría de la muestra (obesidad en países de ingresos altos).


Más allá del sobrepeso, sugieren más investigación para abordar el efecto del ayuno intermitente en la satisfacción de los participantes, estado de diabetes y medidas generales de comorbilidades.


FUENTE Pedro Molina National Geographic

 
 
 
  • 16 mar
  • 4 Min. de lectura

TENDENCIA 16/03/2026


Proteínas, grasas y cafeína: la dieta que eligieron los atletas de los Juegos Olímpicos de Invierno. Especialistas en nutrición deportiva explican que la combinación adecuada de estos nutrientes permite a los atletas maximizar la recuperación muscular, sostener la energía y adaptarse a las exigencias extremas de la competencia invernal.


La dieta personalizada impulsa el rendimiento de los atletas olímpicos de invierno y ayuda a alcanzar el máximo desempeño en competencia (REUTERS/Fabrizio Bensch)


El enfoque en la alimentación adquiere un papel central entre los deportistas de alto nivel durante los Juegos Olímpicos de Invierno, ya que incide directamente en su capacidad para alcanzar el máximo rendimiento.


De acuerdo con la revista científica Scientific American, que recurre a información aportada por profesionales en nutrición y deporte, la exigencia física de estos profesionales implica una necesidad de calorías y nutrientes que supera ampliamente la de una persona promedio. Mantener el equilibrio entre energía, recuperación y adaptación al entorno es el eje de su alimentación diaria.


La base de la alimentación de los olímpicos de invierno son los carbohidratos. Según Rebecca Hall, especialista en nutrición deportiva y exmiembro del equipo de apoyo nutricional para el Comité Olímpico Británico, estas moléculas constituyen la principal fuente de energía para actividades intensas y prolongadas. Durante entrenamientos y competencias, el cuerpo utiliza los depósitos de glucógeno muscular, que dependen directamente de una ingesta suficiente de carbohidratos.


Para conservar la energía necesaria, los atletas consumen carbohidratos antes, durante y después de las sesiones de entrenamiento. De este modo, se mantiene el rendimiento, se retrasa la fatiga y se facilita la recuperación con mayor eficacia. El consumo calórico diario, de acuerdo con Hall, puede oscilar entre 3.000 y 8.000 calorías, en función del deporte, la intensidad del entrenamiento y las condiciones ambientales.


La cantidad recomendada de carbohidratos varía según la disciplina y la exigencia física, pero en deportes de resistencia o de alto volumen de trabajo representa más de la mitad de las calorías diarias.


En la dieta de los olímpicos de invierno, las proteínas y las grasas cumplen roles distintos y complementarios. Lucy Mower, nutricionista de alto rendimiento, destaca que la proteína es indispensable para la reparación y el desarrollo muscular, especialmente tras entrenar o competir intensamente.


Los atletas priorizan fuentes magras de proteína, como pollo, pescado, huevos y productos lácteos, para facilitar la recuperación y mantener la masa muscular durante la temporada. La correcta distribución de proteína a lo largo del día resulta clave para optimizar la síntesis muscular y la adaptación a la carga de entrenamiento.


Respecto a las grasas, Mower explica que, si bien no constituyen la fuente principal de energía durante el ejercicio intenso, son necesarias para la absorción de vitaminas liposolubles y la producción de hormonas. En deportes de larga duración o bajo condiciones frías, las grasas también pueden convertirse en una reserva energética útil y contribuyen a regular la temperatura corporal.


El equilibrio personal de proteínas y grasas, ajustado a la demanda individual, permite que los atletas mantengan la energía, la recuperación y la salud general en entornos competitivos, según expertos consultados por Scientific American.


Las necesidades calóricas de los atletas olímpicos de invierno superan ampliamente a las de una persona promedio, llegando hasta 8.000 calorías diarias (REUTERS/Claudia Greco)


El aporte de micronutrientes es central en la nutrición de los olímpicos de invierno. Kerry McGawley, investigadora en fisiología y nutrición del deporte, señala que la vitamina D y el hierro sobresalen por su impacto en la salud y el desempeño de los deportistas.


En quienes entrenan en climas fríos y con poca exposición al sol, como sucede en muchos deportes invernales, la vitamina D contribuye a la salud ósea y muscular. Su déficit puede incrementar el riesgo de lesiones y enfermedades respiratorias. Por la baja disponibilidad de luz solar, es común que los atletas necesiten suplementación o una planificación específica para cubrir este requerimiento.


El hierro merece atención especial por su rol en el transporte de oxígeno en la sangre. Los atletas, en particular las mujeres, enfrentan un mayor riesgo de deficiencia de hierro, que puede causar fatiga, dificultad para recuperarse y una disminución en el rendimiento. Por eso, es frecuente el monitoreo de los niveles de hierro y la inclusión de alimentos ricos en este mineral en la dieta olímpica.


La cafeína es común en las estrategias nutricionales de los atletas olímpicos de invierno, por sus efectos en el estado físico y mental. Hall sostiene que la cafeína puede mejorar la concentración, reducir la percepción de fatiga y optimizar la respuesta bajo alta exigencia.


La cafeína mejora la concentración y reduce la percepción de fatiga, pero su uso debe ser adaptado y monitoreado de forma individualizada (REUTERS/Murad Sezer/File Photo)


La dosis y el momento de consumo se ajustan a la tolerancia y necesidad individual. Algunos prefieren café o suplementos antes de competir, con el objetivo de maximizar la energía y la alerta.


Hall advierte que el uso debe ser personalizado y bajo monitoreo profesional, ya que un exceso puede ocasionar insomnio, nerviosismo o alteraciones digestivas. Por eso, la inclusión de cafeína responde siempre a un enfoque individualizado.


¿Por qué es clave la individualización de las dietas en los atletas olímpicos de invierno?


La individualización de la dieta es criterio central para la nutrición de los olímpicos de invierno. Mower asegura que no hay una estrategia única válida para todos los atletas, ya que cada uno presenta necesidades, preferencias y reacciones fisiológicas diferentes, según Scientific American.


Factores como el deporte, la duración e intensidad del entrenamiento, la genética, la edad y las restricciones culturales o personales inciden en la planificación alimentaria. Por ejemplo, algunos requieren modificar la proporción de carbohidratos, proteínas o grasas según la disciplina, mientras que otros adaptan el horario de las comidas para optimizar el aporte de nutrientes.


La personalización incluye la tolerancia digestiva y el uso de suplementos cuando la dieta no cubre los requerimientos. El trabajo conjunto con nutricionistas y médicos resulta esencial para desarrollar un plan que apoye la salud y el rendimiento en el alto nivel.


FUENTE INFOBAE Por Santiago Abraldes

 
 
 
  • 11 mar
  • 2 Min. de lectura

TENDENCIAS 11/03/2026


La filosofía Slow Food es un movimiento global que promueve una alimentación consciente, placentera y sostenible, en contraposición a la comida rápida, defendiendo la calidad, el origen local de los ingredientes, la biodiversidad y las tradiciones culinarias, buscando disfrutar de cada bocado, conectar con la comida y respetar el medio ambiente y las culturas locales a través de una relación más lenta y reflexiva con los alimentos.


Principios Clave de la Filosofía Slow Food:


  • Bueno (Good): Comida sabrosa, fresca y de calidad, con sabores auténticos que reflejan el territorio.

  • Limpio (Clean): Producción que respeta el medio ambiente y el bienestar animal, minimizando el impacto ecológico y la huella de carbono.

  • Justo (Fair): Condiciones justas para los productores y acceso a alimentos saludables para los consumidores, promoviendo la soberanía alimentaria y la economía local.


¿Qué promueve?

  • Disfrute Consciente: Comer despacio, sin distracciones, disfrutando de la comida y la compañía en la mesa.

  • Producto Local y de Temporada: Apoyar a los productores locales, mercados de cercanía y reducir el transporte de alimentos.

  • Preservación de la Biodiversidad: Proteger semillas, razas autóctonas y métodos de producción tradicionales.

  • Resistencia Cultural: Luchar contra la homogeneización de la industria alimentaria globalizada.

  • Conexión: Entender el origen de los alimentos, quién los produce y cómo se preparan, creando un vínculo profundo con la comida.

En Bolivia, Slow Food es un movimiento que llegó en 2011 para rescatar la gastronomía local, promover alimentos buenos, limpios y justos, y conectar a productores con consumidores, luchando contra la comida rápida y valorando ingredientes tradicionales como quinua, maíz y papa, a través de ferias, proyectos comunitarios como SANAPI en Chuquisaca y la creación de conciencia sobre la cultura alimentaria boliviana, fomentando la soberanía y sostenibilidad.


Sus principales objetivos y acciones son entre otras, el rescate de alimentos y tradiciones: Busca evitar la extinción de cultivos nativos y técnicas culinarias bolivianas, creando recetarios y promoviendo su uso.


También realiza actividades para el apoyo a productores locales: Fomenta el consumo de productos de temporada y de cercanía, fortaleciendo la economía local y reduciendo la huella de carbono. Organiza ferias, eventos y colabora en proyectos como SANAPI (agua, tierra, bosque) para unir a comunidades, productores y consumidores.


Lucha contra la comida rápida: Se opone a la industrialización y promueve una alimentación más consciente y conectada con la cultura y el medio ambiente.


Los impulsores del slow food en Bolivia han sido Roger Maldonado (Cochabamba), María Julia Jiménez (La Paz) y el chef Jairo Michel (Tarija).



Ha tenido gran importancia los proyectos como el respaldado por la Cooperación Italiana en Chuquisaca (SANAPI) buscan la gestión ambiental y el desarrollo económico sostenible.


La filosofía Slow Food prefiere productos locales y de temporada. Consume de pequeños productores y emprendimientos comunitarios.



Realiza campañas para informarte sobre el origen de tus alimentos y apoya la cultura gastronómica boliviana.


En definitiva, no se trata solo de comer lento, sino de una forma de vida que valora la historia, el sabor, la salud y la sostenibilidad, transformando la alimentación en un acto político y cultural para cambiar el mundo, un plato a la vez, usando al caracol como su símbolo de resistencia pausada.

 
 
 

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