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  • 4 jun
  • 3 min de lectura

OPINIÓN 04/06/2026





por Borja Cortés





Frente a mi casa había un bar-taberna donde los obreros antes de entrar en la fábrica tomaban un “barrexa” (mezcla) de coñac con anís, algunos le echaban un café o bien se lo bebían de un golpe sin café.


En este tipo de tabernas, bares o restaurantes, se respetaba una carta de cocina tradicional, alejada de la moda de la cocina de autor. Ahora, la taberna Casa María ya no existe, pero de existir, sería conocido como un restaurante fiel a la cocina sostenible, de terroir o de kilómetro cero, pura cocina de mercado.


Estos establecimientos eran bautizados con nombres de los dueños propietarios, de su entorno, o lo costumbrista propio de la historia y las leyendas de cada villa. Si se llamaba Casa María, es obvio que en su entorno había alguna María, ya sea la “mastresa” (propietaria), la abuela cocinera o la moza de la familia; de esta costumbre nacieron los Casa Lucio de Madrid, Casa Manolo detrás del Congreso de los Diputados, “La Papeta Bruta” (Pepita la sucia) en el barrio de la Bonanova de Barcelona; o “El Marrano” en la calle San Nicolás de Pamplona, llamado así pues solo servían potes con sardinas y obviamente el suelo estaba muy marrano con el aceite que convertía el suelo en una pista de patinaje.


Ahora los sabios del marketing son los que quitan y ponen nombres gancho y estilísticos a los restaurantes y bares... Zimo, Palo Santo, Serafina, Caudilla, Tinto o Los Hierros. Paradójicamente, en las ciudades con influencias de migrantes chinos que compran un negocio gastronómico, son los únicos que mantienen los nombres de antaño, aunque la oferta cambie sustancialmente. No es de extrañar encontrar una carta de “cocina tradicional francesa”, donde lideran los rollitos primavera o el arroz tres delicias.


Así pues, con las Marías, los Lucio o los Manolos, los nuevos dueños optan por el minimalismo, los juegos de palabras o cacofonías a la hora de escoger el nombre de su local, para que tenga más gancho para un público dentro de esta superficial globalización mal digerida. Se apuesta por nombres que pueda pronunciar un cliente con pose cosmopolita y cuyo eco sea vendible. Se buscan palabras de atractivo sensorial, los léxicos relacionados con la memoria sentimental, o lo que sonora o visualmente causa sorpresa, pavor o espanto.


Unos, como es el caso de “Manda Huevos”, “El Mal Parido”, “Brutal”, que sirve cerveza con orinal, buscan provocación. A otros les gusta poner nombres con juegos de palabras del tipo “Beer para Creer”, “La Tapilla Sixtina”, “Pita Pan”, “Wine O'Clock”. También están los que apuestan por el minimalismo: KAO, ZIMO, IN o OUT, el menos es más gourmet dedicado al genio de la arquitectura Mies van der Rohe.


También se tiene la lista de los nombres malsonantes como ALCOHOLEGIO (Ven a tomar las mejores clases de chelas), KAKA, “A pedos y tragos”, “Bar Borracho”, “Si no te cura, se te olvida”.


Existen nombres experienciales, como Fogón, A Fuego Lento, Brasas, BrasArgen, descriptivos a un tipo de gastronómica del local. Pero todavía no hemos llegado al nombre de la música esperpento, como es el de “Tarzán y su puta madre buscan piso en el 3er anillo”. Como se puede observar, se busca el impacto inmediato, que viene a ser un fenómeno congruente con el signo de los tiempos. O bien más culto, como el iluminado que cree que puede poner una pollería y una sala de lectura en el mismo local, para comer un cuarto de pollo con la obra de Charles Dickens, y llamarle al local como reclamo “Charles Chikens”; gilipolleces como esta encontrarás a montones.


Ahora, en serio, ¿se han preguntado cómo se llaman los 10 mejores bares del mundo? Les dejamos con algo serio en esta loca columna de opinión. Por cierto, gracias por leerla.

 
 
 
  • 28 may
  • 2 min de lectura

OPINIÓN 28/05/2026




Por: Ramón Freixa





Somos lo que somos, somos nuestras decisiones. Y con ellas hemos construido una gran historia; tuvimos el valor inconsciente de seguir lo que nos dictaba el corazón gracias a las intuiciones de un creador y de nuestra sinapsis.


Hemos llegado a ser lo que somos, y todos somos distintos.

Este ser personal que somos -cada uno distinto- es lo importante; todo lo demás es secundario, siempre y cuando lo que somos se ajuste al modelo que la historia tenía pensado para nosotros, la intimidad de nuestra libertad descubriendo y encauzando el deber ser, en el ser actual.


Pero tenemos que tener en cuenta que lo más maravilloso es el hoy y ahora; pues mientras hay vida seguimos libremente modelando nuestro ser; solo hay fracaso si en esta vida nos hemos movido en una dirección opuesta.


¿Cuál sería esta contradirección?... La dirección opuesta es haber remado hacia ti y no haberte dado a los demás. Pero en este hoy y ahora, todavía estamos a tiempo de cambiar de cauce y poner la mirada en los otros y no en nosotros mismos.

Siempre he dicho que el gran éxito no se construye sobre los aciertos, sino que está construido sobre los fracasos, la frustración y la desgracia.


En esta vida, sin pensarlo ni planearlo estratégicamente, nos damos cuenta de que cuando el sufrimiento nos invade hay que abrazarlo; y este, paradójicamente, es el momento en que nace el cambio; y nos lleva a una capacidad transformadora y reveladora que nos permite empatizar con seres humanos cuyas experiencias nunca hemos compartido.


¿Por qué?... Me contesta Mark Twain, cuando aseveró que los dos días más importantes de tu vida son: el día que naces, pues es el momento en que comienza tu existencia y recibes la oportunidad de vivir. Y el día que descubres los porqués; ya que es el momento en que encuentras tu propósito, tu pasión y el sentido de tu vida.


A veces estos porqués se encuentran en el último aliento de la vida, en la recta final; cuando parece que el mundo se desmoronara allá afuera, pero en realidad, en tu interior es un gran momento para volverse un poco loco, seguir y no renunciar a nuestros sueños; por eso ahora, cuando todo parece que se va al traste, que ya no tienes aliento, fuerza, aparece una nueva capacidad de emocionarse con algo y ser incontenible y tenaz para abrazar tus sueños; convirtiendo tus últimos proyectos en un compromiso de excelencia para los demás.


Ahora es el momento y si no lo haces ahora no lo harás nunca, el secreto de avanzar es empezar... ¡Nunc coepi! «Ahora comienzo».


Esto es lo que debe gritar un alma que renueva su deseo de superación, sin importar los errores o fracasos del pasado. Lo único que importa es el hoy y ahora, que es un recelo de eternidad.

 
 
 
  • 19 mar
  • 3 min de lectura

OPINIÓN 19/03/2026



Por Daniel Vázquez Sallés




De mi padre heredé una caja de cuchillos Zwilling y una cazuela premium de la marca Valira, y ambas herencias las tengo a buen recaudo en mi cocina. De los cuchillos hago un uso diario y los tengo guardados en el cajón de los cubiertos, aunque por la nobleza de su hoja merecerían dormitar en la caja en la que venían debidamente dispuestos por tamaño cuando me fueron entregados como última voluntad de mi padre. En cuanto a la cazuela, tengo que admitir que vive jubilada por tener una coraza alérgica a la placa de inducción que compré cuando decidí cambiar el fuego por la electricidad.


La jubilación de la cazuela sucedió sin quererlo. La coloqué sobre la placa de inducción y el flechazo fue inexistente, parecido a lo que acontece en uno de los programas de “First Dates”; es un maridaje imposible, pero mi tendencia a guardar objetos que tienen un valor sentimental asegura que esa cazuela Valira termine, cuando llegue el momento, dormitando en la cocina de mi hijo mayor, un tipo cada vez más simpático y que, paulatinamente, está desterrando las llamadas a “Pedidos Ya” por el placer de cocinar y dedicarle tiempo al sofrito.


Según asegura una página consultada en internet, existen más de 400 utensilios distintos a disposición del cocinero, palabra que confina en el mismo club a los que aman cocinar con los que consideran una tortura el tiempo dedicado a la cocción. Yo soy de los primeros, aunque no dispongo ni de una tercera parte de los utensilios que un cocinero debería tener si dispusiera de mucho dinero y de una cocina ciclópea. Y reconozco que caí en la moda de la silicona, pero aborrezco cocinar en el microondas y allí permanecen, muertos de asco, dos utensilios de la marca Lekué que debería regalar a un amante de la cocina impaciente.


Mi última adquisición ha sido una “air fryer” de segunda mano comprada al hijo de una amiga mía. El chaval necesitaba ahorrar para irse de viaje estival y la compré sin saber muy bien para qué. Si soy sincero, la uso para justificar la inversión, pero decido desusarla tan pronto me llevo a la boca el producto cocinado con aire caliente. No soy un amante de los alimentos con excedente de grasas saturadas, pero la relación con mi “air fryer” es gélida; el crujiente de las croquetas y de las patatas fritas no me gusta, y el aparato malvive junto a mi tostadora, aparato –este sí– que adoro, porque da a mis desayunos una pátina burguesa propia de un parvenú. Por cierto: no tengo una tostadora de la marca “Smeg”, porque los bancos no dan créditos para comprar tostadoras.


Y aunque en mi cocina no caben más utensilios, me pirra entrar en las tiendas especializadas y desear objetos cuyo precio, en su mayoría, impide que los compre a sabiendas de que nunca los utilizaré. Hay que reconocer que los diseñadores de utensilios de cocina son capaces de armonizar con maestría la ética y la estética en sus diseños, y consiguen que sus creaciones entren con vaselina por la vista del consumidor. Pero compré un pelador de patatas bonito, pero inútil, en una de esas tiendas y evidencié que el diseñador jamás había pelado una patata. El mejor pelador lo adquirí en un supermercado de tres al cuarto, y allí sigue, despellejando tubérculos con la maestría de “Jame Gumb, el asesino de El Silencio de los Corderos”.


Mi última adquisición ha sido un prensador de ajos, herbáceo que adoro yo y también mi pareja, una suerte para ambos. Y en la terraza descansa un kamado, un horno de cerámica de origen japonés que nos regalaron mis suegros. Dominar esa parrilla/horno no es fácil y muchas fueron las carnes que malogré buscando la perfección, pero una vez controlas la combustión del carbón, el aire y el vacío, no hay nada que pueda equiparar el sabor de la cocción mediante el kamado con la de otros hornos. Y con la ventaja de que no necesitas ser un gran cocinero para que tus comensales te hagan la ola. Con sacarte un máster en ingeniería ya es suficiente.


Los cuchillos Zwilling, la cazuela Valira, el pelador de patatas y el resto de los utensilios que iré acumulando en mi cocina formarán parte de la herencia que recibirá mi hijo y a vivir, que son dos días. El kamado, por el contrario, tendrá que ser sorteado entre Leo, Vita y Daniel y que gane el mejor. A modo de última voluntad, pedí que, en caso de defunción, me incineraran en ese horno de cerámica para que mis carnes quedasen perfectamente selladas y ahumadas, pero lamentablemente se negaron. Cría cuervos y te sacarán los ojos.


FUENTE Daniel Vázquez Sallés LA VANGUARDIA Título original Daniel Vázquez Sallés

 
 
 

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