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MI CAZUELA VIVE JUBILADA

  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

OPINIÓN 19/03/2026



Por Daniel Vázquez Sallés




De mi padre heredé una caja de cuchillos Zwilling y una cazuela premium de la marca Valira, y ambas herencias las tengo a buen recaudo en mi cocina. De los cuchillos hago un uso diario y los tengo guardados en el cajón de los cubiertos, aunque por la nobleza de su hoja merecerían dormitar en la caja en la que venían debidamente dispuestos por tamaño cuando me fueron entregados como última voluntad de mi padre. En cuanto a la cazuela, tengo que admitir que vive jubilada por tener una coraza alérgica a la placa de inducción que compré cuando decidí cambiar el fuego por la electricidad.


La jubilación de la cazuela sucedió sin quererlo. La coloqué sobre la placa de inducción y el flechazo fue inexistente, parecido a lo que acontece en uno de los programas de “First Dates”; es un maridaje imposible, pero mi tendencia a guardar objetos que tienen un valor sentimental asegura que esa cazuela Valira termine, cuando llegue el momento, dormitando en la cocina de mi hijo mayor, un tipo cada vez más simpático y que, paulatinamente, está desterrando las llamadas a “Pedidos Ya” por el placer de cocinar y dedicarle tiempo al sofrito.


Según asegura una página consultada en internet, existen más de 400 utensilios distintos a disposición del cocinero, palabra que confina en el mismo club a los que aman cocinar con los que consideran una tortura el tiempo dedicado a la cocción. Yo soy de los primeros, aunque no dispongo ni de una tercera parte de los utensilios que un cocinero debería tener si dispusiera de mucho dinero y de una cocina ciclópea. Y reconozco que caí en la moda de la silicona, pero aborrezco cocinar en el microondas y allí permanecen, muertos de asco, dos utensilios de la marca Lekué que debería regalar a un amante de la cocina impaciente.


Mi última adquisición ha sido una “air fryer” de segunda mano comprada al hijo de una amiga mía. El chaval necesitaba ahorrar para irse de viaje estival y la compré sin saber muy bien para qué. Si soy sincero, la uso para justificar la inversión, pero decido desusarla tan pronto me llevo a la boca el producto cocinado con aire caliente. No soy un amante de los alimentos con excedente de grasas saturadas, pero la relación con mi “air fryer” es gélida; el crujiente de las croquetas y de las patatas fritas no me gusta, y el aparato malvive junto a mi tostadora, aparato –este sí– que adoro, porque da a mis desayunos una pátina burguesa propia de un parvenú. Por cierto: no tengo una tostadora de la marca “Smeg”, porque los bancos no dan créditos para comprar tostadoras.


Y aunque en mi cocina no caben más utensilios, me pirra entrar en las tiendas especializadas y desear objetos cuyo precio, en su mayoría, impide que los compre a sabiendas de que nunca los utilizaré. Hay que reconocer que los diseñadores de utensilios de cocina son capaces de armonizar con maestría la ética y la estética en sus diseños, y consiguen que sus creaciones entren con vaselina por la vista del consumidor. Pero compré un pelador de patatas bonito, pero inútil, en una de esas tiendas y evidencié que el diseñador jamás había pelado una patata. El mejor pelador lo adquirí en un supermercado de tres al cuarto, y allí sigue, despellejando tubérculos con la maestría de “Jame Gumb, el asesino de El Silencio de los Corderos”.


Mi última adquisición ha sido un prensador de ajos, herbáceo que adoro yo y también mi pareja, una suerte para ambos. Y en la terraza descansa un kamado, un horno de cerámica de origen japonés que nos regalaron mis suegros. Dominar esa parrilla/horno no es fácil y muchas fueron las carnes que malogré buscando la perfección, pero una vez controlas la combustión del carbón, el aire y el vacío, no hay nada que pueda equiparar el sabor de la cocción mediante el kamado con la de otros hornos. Y con la ventaja de que no necesitas ser un gran cocinero para que tus comensales te hagan la ola. Con sacarte un máster en ingeniería ya es suficiente.


Los cuchillos Zwilling, la cazuela Valira, el pelador de patatas y el resto de los utensilios que iré acumulando en mi cocina formarán parte de la herencia que recibirá mi hijo y a vivir, que son dos días. El kamado, por el contrario, tendrá que ser sorteado entre Leo, Vita y Daniel y que gane el mejor. A modo de última voluntad, pedí que, en caso de defunción, me incineraran en ese horno de cerámica para que mis carnes quedasen perfectamente selladas y ahumadas, pero lamentablemente se negaron. Cría cuervos y te sacarán los ojos.


FUENTE Daniel Vázquez Sallés LA VANGUARDIA Título original Daniel Vázquez Sallés

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