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hace 2 días
4 min de lectura

SOLOVINO 03/11/2026


La Fundación para la Investigación del Vino y la Nutrición (FIVIN) reafirma su compromiso con la divulgación rigurosa y la comunicación responsable sobre los efectos del consumo moderado de vino en el marco de un estilo de vida saludable.


Este posicionamiento se basa en evidencia científica sólida procedente de investigaciones internacionales que continúan aportando datos relevantes sobre el impacto de los hábitos alimentarios y culturales en la salud a largo plazo.


Numerosos estudios epidemiológicos de amplio alcance han demostrado que la relación entre el consumo de bebidas alcohólicas y la salud sigue una curva en «J» o en «U», lo que evidencia que la moderación es el factor determinante. Mientras que el consumo excesivo o patrones poco saludables —como los atracones de fin de semana (binge drinking)— se asocian a mayor mortalidad y riesgo de enfermedades crónicas, un consumo moderado, especialmente integrado en la Dieta Mediterránea, puede asociarse a efectos protectores manifiestos sobre la salud cardiovascular.


El Dr. Ramón Estruch, catedrático de Medicina de la Universidad de Barcelona y presidente de FIVIN, subraya que la salud «no depende de un único alimento o nutriente, sino de un enfoque integral basado en elecciones dietéticas conscientes, actividad física y factores culturales, como representa la Dieta Mediterránea». El Dr. Estruch insiste en que los efectos tóxicos del alcohol dependen principalmente de la cantidad consumida y del patrón de ingesta, y solo la moderación puede asociarse a beneficios para la salud.


Evidencia científica sólida


Un estudio reciente publicado en la revista European Heart Journal y liderado por el propio Dr. Estruch y otros investigadores de la Universidad de Barcelona analizó el consumo moderado de vino mediante una metodología innovadora que emplea la detección de ácido tartárico en orina, un marcador objetivo más preciso que los cuestionarios tradicionales de frecuencia de consumo de alimentos. Esta investigación incluyó a 1.232 personas con alto riesgo cardiovascular que siguieron un patrón de Dieta Mediterránea durante cuatro a cinco años.


Los resultados fueron concluyentes: un consumo moderado de vino —entre media y una copa al día— redujo hasta un 50 % el riesgo de sufrir eventos cardiovasculares graves (infarto de miocardio, ictus o muerte cardiovascular); un consumo ligero, inferior a media copa diaria, redujo este riesgo en un 38 %; y los beneficios desaparecían completamente con consumos superiores a una copa y media diaria.


Beneficios documentados en múltiples áreas de salud


El Dr. Josep Masip, cardiólogo y presidente del Comité Científico de FIVIN, describe los estudios que han analizado la relación del consumo moderado de vino y la salud. Los estudios epidemiológicos han mostrado en varias ocasiones una «curva en J», con menor riesgo en consumos muy bajos, aunque persisten críticas por posibles sesgos y factores de estilo de vida.


El informe Global Burden of Diseases (GBD) de 2018, realizado por el grupo de investigación que emite periódicamente informes en los que se basa la OMS en su política estratégica, defendió que no existe un nivel seguro de consumo, pero en 2020 matizó que el riesgo depende de la edad y la región, observándose riesgo casi nulo en jóvenes y una curva en J en mayores de 40 años.


Y entre las investigaciones más recientes destacan dos proyectos financiados por las Ayudas a Proyectos de Investigación «Vino, Nutrición y Salud», que convocan bienalmente FIVIN y la Organización Interprofesional del Vino de España.



El estudio liderado por la Dra. María Pérez Bosch, de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Barcelona, forma parte del reconocido ensayo clínico PREDIMED. Esta investigación analizó los metabolitos del resveratrol, un polifenol presente principalmente en el vino tinto, como biomarcadores objetivos del consumo de esta bebida.


Los resultados revelaron una asociación inversa entre estos metabolitos y la glicoproteína VCAM-1, vinculada con procesos de inflamación vascular y ateroesclerosis. A mayor presencia de metabolitos del resveratrol, menores niveles de VCAM-1, lo que indica que el consumo moderado de vino ejerce un efecto antiinflamatorio sobre el sistema cardiovascular que lo protege de la arteriosclerosis.


Por su parte, el proyecto dirigido por la Dra. Patricia Pérez Matute del CIBIR-Fundación Rioja Salud ha investigado los efectos del consumo moderado de vino tinto sobre la enfermedad de Alzheimer y la función cerebral, aportando nuevas perspectivas sobre el papel neuroprotector de los polifenoles del vino en el envejecimiento saludable.


Compromiso con la responsabilidad y la evidencia científica


FIVIN reitera que los beneficios asociados al vino se observan únicamente en adultos sanos y siempre en cantidades moderadas. Además, subraya, con igual énfasis, los riesgos demostrados del consumo abusivo, tanto para la salud individual como para la sociedad, y la necesidad imperiosa de promover patrones de consumo responsable.


Estudios poblacionales recientes demuestran que cuanto mayor es el número de hábitos de vida saludables —peso adecuado, no fumar, actividad física regular y consumo moderado—, mayor es la esperanza de vida libre de enfermedades crónicas. Los datos confirman que el vino, integrado en un patrón de alimentación como la Dieta Mediterránea, puede formar parte de ese estilo de vida saludable, siempre con responsabilidad y bajo las recomendaciones de profesionales de la salud y la nutrición.

 
 
 
27 oct
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SoloVINO 27/10/2026


Como leímos la semana pasada en esta sección, hoy mandan la recuperación de viejas prácticas como la biodinámica, tecnologías como los depósitos de cemento o las antiguas ánforas de barro y un ascenso constante del viñedo ecológico.


Si la creación de las DDOO en sus inicios permitió la promoción de la calidad de los vinos s en el mercado internacional, protegiendo de imitaciones y fraudes, a la larga acabó siendo un sistema inmovilista que ha dejado poco margen a la experimentación y la creatividad, siendo en muchos casos impedimento para que algunas bodegas y sus vinos hayan alcanzado prestigio precisamente por estilos personales. Esto, a su vez, ha causado constantes cambios en sus pliegos de condiciones, a veces provocados por las demandas de los propios viticultores y a veces con más lentitud de lo que sería deseable.

Para identificar vinos con un origen aún más específico y restrictivo, llegó la regulación sistemática de “unidades geográficas menores”, desglosadas por jerarquía –villa, paraje, parcela– a finales de la década de 2010, aunque históricamente existían menciones a pagos o fincas. Liderada por El Bierzo, casi de forma paralela, la DOCa Rioja introdujo cambios para incluir los vinos de Municipio y los Viñedos Singulares, reforzando el valor del origen geográfico reducido frente al sistema tradicional basado solo en el tiempo de crianza.


La idea es que cuanto más pequeña sea la identidad geográfica, mayor será el valor.

Lo más reciente es la creación del colectivo VIR, Viticultores Independientes en Rioja, formado a principios de 2026, que agrupa a 38 pequeños productores de la DOCa dedicados a vinos de parcela, proyectos personales y una viticultura honesta. Este movimiento busca poner en valor el origen, la singularidad y el trabajo directo del viticultor en una denominación heterogénea, a través de la viticultura de pequeño volumen.


En esos cambios, crecen proyectos de jóvenes viticultores con pequeñas bodegas y con iniciativas innovadoras como la elaboración de espumosos en Rioja –en los 80 se hablaba en esta revista de los vinos a la francesa en la Rioja alavesa– y otras muchas zonas, blancos en Ribera del Duero y rosados en la mayoría de las bodegas donde tradicionalmente solo se han elaborado tintos, los vinos naturales o también llamados radicales, de los que ya hablábamos en el 96, y sobre todo un intento por recuperar variedades ancestrales, muchas veces extintas, y una definición de los suelos, con el fin de obtener vinos con más carácter o de más calidad, adaptando sus productos a las demandas actuales de los mercados.


La fiebre del blanco


El blanco es, junto a los espumosos, el vino emergente en todo el mundo, tanto que en 2024 su consumo superó por primera vez al de tintos. Club de Gourmets ya vaticinó en 1997 la moda del albariño en una columna de nuestro colaborador en EE. UU., Helio San Miguel.


Los cambios de gustos del consumidor español suponen un 40 % del total del consumo en blancos, mientras el tinto y el rosado suman el 60 %. Es significativo el impulso de los blancos en Rioja, aumentando para ello el plantel de variedades autorizadas en la DOCa, la inclusión de vinos blancos en la Ribera del Duero y hasta la aparición de los llamados vinos de pasto en zonas de vinos generosos, esos blancos sutilmente enriquecidos con notas de crianza biológica que podrían ser novedad en los reglamentos de las DDOO Jerez y Manzanilla.

Dos variedades protagonizan los blancos de moda: godello y garnacha blanca. También maturana blanca, malvar, albarín o los diferentes albillos son variedades emergentes para un consumidor que busca novedades y otras como malvasía o la moscatel pueden ser la alternativa en zonas mediterráneas. Sin duda, godello es la gran uva de moda en los últimos años.


En 1985 los vinos jóvenes estaban de moda.


A su vez, bodegas y enólogos de vanguardia han entrado en un proceso de sofisticación de los blancos, buscando complejidad y excelencia con técnicas de elaboración y crianza para conseguir blancos de guarda como los que elabora Manuel Méndez en el Valle del Salnés, en la bodega familiar Gerardo Méndez, de quien ya dábamos cuenta en 2019; albariños especiales con diferentes características tanto de suelo como de clima, para encontrar su mejor expresión. En 1981, José Peñín escribía de “El vino blanco de antes y el de ahora” y en 2024 destacábamos la virtud de la longevidad en los blancos de Rías Baixas.


Los nuevos tintos

Sin embargo, hay una búsqueda de frescura y de expresión frutal en los tintos a través de la reducción de alcohol y de crianza en madera, ante la caída de la demanda de los tintos en los últimos años por querer alejarse de los vinos alcohólicos y pastosos tan de moda en décadas anteriores, los llamados vinos parkerizados, de vendimias sobremaduras, con largas maceraciones y mucho extracto.



En contra, aparecieron vinos más elegantes y más ligeros en cuerpo y alcohol, con el reto de la acidez, una nueva tendencia que ha llegado acompañada de la reivindicación de variedades propias, sustituyendo a las famosas internacionales, mal llamadas en su día variedades mejorantes, que tan mal se adaptaron y envejecieron en muchos casos.


“Nos centramos sobre todo en buscar finura y elegancia a costa de sacrificar potencia y contundencia. Buscamos resaltar matices algo más sutiles con un respeto a la fruta y manteniendo todo lo posible la acidez en los vinos”, nos comentaba Michael Zaccagnini en febrero de 2024.


La bobal, la monastrell y la cariñena han aportado frescura en el Mediterráneo. Otra fiebre de los nuevos tiempos ha sido la garnacha que, aunque con menor color, aporta frescura y fragancia en busca de la longevidad, un potencial que ha roto con el menosprecio de antaño ya comentado por esta revista en el año 98.

En cuanto el rosado; durante mucho tiempo fue un vino de complemento de gama para las bodegas, con el apodo negativo de vino para mujeres o de chiringuito de playa. En cualquier caso, fue tradicionalmente –salvo honrosas excepciones como los afamados rosados navarros o los clásicos claretes riojanos– un vino de aprovechamiento que se obtenía de viñas muy jóvenes o afectadas por alguna inclemencia climática.


Ante este panorama, muchas bodegas se plantean la incorporación de otras alternativas, como la aceptación como vino de los productos total o parcialmente desalcoholizados, que ha supuesto un cambio en la tradicional norma reglamentaria de lo que era el producto, que implicaba tener al menos un 9 % de alcohol para llamarse vino.

 
 
 
20 oct
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SoloVino 20/10/2026


Ni ecológico ni biodinámico: la nueva forma de entender el vino Vivo, de mínima intervención o libre son algunos de los nombres por los que se conoce a esta tipología que está enfocada en la mínima intervención de la uva.




Una nueva manera de entender el vino ha comenzado a hacerse un hueco en las mesas y en las cartas de los restaurantes en los últimos años. En este contexto, los vinos naturales se vinculan sobre todo a pequeños productores y establecimientos especializados, aunque, desde hace unos años, ha empezado a despertar la curiosidad entre sumilleres, cocineros y consumidores. Todos con un objetivo claro: conseguir elaboraciones que intervengan lo menos posible tanto en el viñedo como durante el proceso.


No existe una única definición para este término, por lo que conviene diferenciarlo de conceptos como vino ecológico o biodinámico.


En términos generales, los vinos naturales parten de una idea sencilla: dejar que la uva y el lugar donde se cultiva tengan el mayor protagonismo posible.


Para conseguirlo, los productores suelen trabajar con prácticas agrícolas respetuosas con el entorno y recurren a fermentaciones espontáneas, realizadas con las levaduras presentes de forma natural en la uva y en la bodega. También es habitual que se reduzca al mínimo el uso de aditivos y de sulfitos añadidos y que los vinos no se filtren o estabilicen de la manera habitual.


Este movimiento nació ligado a pequeños viticultores que buscaban recuperar una forma de elaborar vino menos industrial y más vinculada al territorio.


Con el tiempo, esta manera de trabajar se ha extendido y hoy es posible encontrar vinos naturales o de mínima intervención en tiendas especializadas, vinotecas y restaurantes.



Parte de su atractivo está precisamente en que pueden resultar diferentes a los perfiles más habituales, los cuales no buscan necesariamente que cada botella tenga siempre el mismo sabor, sino que cada añada pueda expresar las características de la uva, del suelo y del clima.

Para algunos consumidores esto supone descubrir vinos más vivos, frescos y singulares; para otros, sus posibles notas de oxidación, turbidez o aromas menos habituales.


Sin embargo, no significa que todos los vinos naturales sean iguales ni que cualquier vino ecológico pueda considerarse natural ya que este puede proceder de agricultura ecológica y estar elaborado mediante técnicas convencionales. Pese a la reducción de sulfitos no debe asociarse directamente el vino natural con un producto más saludable o con menos alcohol.

El crecimiento de los vinos naturales plantea una pregunta inevitable: ¿estamos ante una moda pasajera o ante un cambio en la manera de consumir vino? En este contexto han surgido proyectos que comparten algunos de los principios asociados al vino natural: respeto por el viñedo, trabajo manual, pequeñas producciones, fermentaciones espontáneas y mínima intervención en bodega. Pese a que no todos ellos utilizan necesariamente la etiqueta de «vino natural», se trata de proyectos que se mueven dentro de la filosofía de la mínima intervención.


Lo que sí parece evidente es que existe un consumidor cada vez más interesado en conocer qué hay detrás de una botella: quién cultiva la uva, dónde está el viñedo, qué variedades se utilizan y cuánto se ha intervenido durante el proceso.

Quizá por eso el interés por estos vinos no consista únicamente en beber algo diferente. También puede ser una manera de volver a mirar el paisaje que hay detrás de la copa.

 
 
 

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