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  • 16 feb
  • 7 Min. de lectura

GASTROTOUR 16/02/2026


No hay Carnaval sin churrasco, ni churrasco que te rememore a un Carnaval, y como ahora nos encontramos en el país vecino, Argentina -que se las dan de los mejores asadores del mundo- creo que es de obligado cumplimiento seguir con la costumbre boliviana en esta tierra y en estos días de “Carnestoltes” y aventurarnos a realizar una nota comparativa entre el Asado Argentino vs Churrasco Camba.


Para ello, hemos huido de los restaurantes de ranking y de “tiros largos” como los Don Julios, Cabreras, Mirasoles y Lilas para adentrarnos en lo profunda esencia gaucha descubriendo y desentrañando el proceso del genuino asado de la pampa, que comienza cortando los troncos con hacha, prender un gran fuego que genere la brasa y una parrilla a la antigua usanza. Si bien más genuino hubiera sido hacer el asado a la estaca o a la cruz, jugando con rescoldos, temperaturas y el chisporreo de la madera quemándose cerca de las carnes.


El lugar elegido ha sido La Chacra, dos gauchos asadores de pura sangre, Marcos y Marcelo; master en brasas con mucho arte que emana de consagradas y que nos proponen un asado muy simple sin triquiñuelas ni subterfugios para centrarnos en la esencia del asado 100% gaucho y compararlo con el Churrasco boliviano, esencia gastronómica del carnaval cruceño, con las opiniones de “Tapeke” que llevó el pasado octubre el Churrasco cruceño a las parrillas y papilas europeas en el certamen gastronómico más importante de Europa que se celebra en Alicante ante un entendido público que alucinó con el arte del gordo churrasquero.


Comencemos describiendo la historia y el paraje del lugar donde tuvimos la puesta en escena de este asado 100% gaucho, “La Chacra”, entre San Miguel y Bella Vista en la provincia de Buenos Aires, en el increíble patio de la casa colonial del XIX bajo la sombra de un Timbó o también llamado “oreja de negro”, más que centenario, donde la familia Gallardo asentó su casa colonial y edificaciones a mediados del XIX.


Ángel Gallardo (1867-1934) tenía 11 años cuando su padre, don León Gallardo, compró la quinta de Bella Vista, a la cual llamaron “La Chacra” y que él en su primera visita al lugar lo definió así: “Hacía un tiempo que papá andaba buscando una quinta para que veraneásemos con más comodidad que en la quinta de la Chacarita y, a ese objeto, habíamos visitado algunas en Flores, Caballito, Belgrano, etc., sin encontrar ninguna conveniente.


La noticia de que ya teníamos una chacra en Moreno me llenó de alegría y me la imaginé de manera absurda, como un inmenso monte de eucaliptos situado cerca de la estación de Moreno, a la izquierda de la vía.


Salimos toda la familia de la estación del Parque, situada donde se levanta hoy el Teatro Colón… nuestro padre nos hizo observar que los caballos sueltos en el campo le daban el anca a la lluvia, tratando de proteger sus cabezas.


Penetramos en un terreno por una tranquera situada donde hoy está el Asilo. Cruzamos el campo y llegamos a la casa (actual del jardinero), al abrigo del monte de eucaliptus. Donde hoy está la casa había un gran galpón en el cual fabricaba sus quesos Asconape, que se vendían en Buenos Aires en una tiendita de la calle Tucumán, cerca de la estación del Parque, con el título de “quesos de Morón”. Todo estaba muy abandonado por la ruina de Asconape... La chacra estaba descubierta” … y además del queso en esta estancia era de obligado precepto el asado día sí y día no que se acompañaba con buen vino y el queso de Morón.


Así pues, buscando estas esencias se preparó el asado al estilo de gaucho viejo en la casa colonial de la Chacra, en las terrazas que conocieron a la familia de los Gallardo, junto a la fuente que hay a la derecha de la puerta que tiene escrita esta frase: “Parvus fons, qui crevit in fluvium…, et in aquas plurimas redundavit” (Esth. X, 6). La pequeña fuente ha crecido hasta hacerse un gran río…, y da aguas abundantes.


La historia nos marcaba el recorrido y como mudos espectadores seguimos el proceso paso a paso desde el corte con hacha de las trochas de madera de árboles caídos por el vendaval y la tormenta, cuyo destino era el fuego sanador que se convierte en ascuas de carbón que impregnará su materia prima candente y de alta graduación a la carne de vacuno consiguiendo la excelencia del torrado, asado, y finamente asoleado sin quedar charruscado. En la paella sería conseguir un “socarraet”, sin que sea un “cremaet” o sea chamuscada.


Al ser un churrasco de campo y no de finolis o de ”Chetos” -que así llaman a los pijos en Argentina- la parrilla debidamente limpia y calentada, recibió con alborozo los siguientes cortes más populares y acordes al temporero o a los camponeses de la hacienda, vacío, tira, morcilla vasca, morcilla criolla y chorizos de la tierra, más que suficiente para un asado sencillo, noble y asequible.... eso sí abundante, para parar un tren, un festival musical de carne que si fuera un pasodoble interpretado por una banda, diríamos que iba “carregat de bombo” (cargado de bombo)


Para quienes no entiendan de cortes argentinos, el vacío es un corte de carne vacuna emblemático de la Argentina, proveniente de la zona abdominal o lateral trasera, entre las costillas y los huecos de la cadera. Se caracteriza por tener una capa de grasa exterior que, al cocinarse lentamente a la parrilla o al horno, aporta gran sabor, jugosidad y terneza. Y la tira es el corte transversal del costillar vacuno, caracterizado por contener pequeños huesos y carne infiltrada con grasa. Es famoso por su sabor intenso y jugosidad, ideal para cocción lenta a la parrilla, ya sea en tira fina, ancha o "banderita".


La historia de la tira de asado banderita se remonta a los días en que los ingleses tenían mataderos en la ciudad de Buenos Aires. Durante aquellos tiempos, al faenar los animales para llevarlos en barco a Inglaterra, los ingleses solían dejar la falda, considerada una pieza menos apreciada. Los trabajadores locales, aprovechando esta situación, se quedaban con esta pieza despreciada. Cortándola finamente, la llevaban a la parrilla, originando así el corte nacional por excelencia: la tira de asado. El nombre «banderita» surge por la forma en que se corta, ondeando como una bandera.Y además de estos cortes de carne los asadores Marcos y Marcelo ataviados con típica boina o txapela de gaucho, y usando los filosos cuchillos de la pampa rellenaron los espacios más o menos vacíos de la parrilla con morcilla criolla, morcilla vasca y chorizo pampero. Solo faltaron los quesos de Morón con chimichurri, perejil, ajo y aceite.


Bajo la atenta mirada, vuelta y vuelta, toque de sal gruesa y repartición de brasas candentes que chisporroteaban al caer en la cama de la parrilla, los asadores de “manos consagradas en lo divino y en lo humano gastronómico” le daban además de la “gracia de Dios” la “gracia argentina de la mejor destreza en el secreto del asado” convirtiendo una carne de kilómetro cero y pampa húmeda, en un plato de estrella Michelin que si el mismo corte nos lo presenta Don Julio aplaudimos con las orejas.


Al final el tradicional aplauso, oreja y rabo para los asadores, brindando con el mosto mendocino que nunca puede faltar en un asado argentino, que los cambas con su churrasco han tardado más de 20 años en entender que la carne es con vino y no con whisky, cerveza y menos con soda que queman las papilas gustativas y hacen a tu paladar insensible a la excelencia de la carne.Vista esta primera diferencia entre asado y churrasco que se tiene que regar con vino, analicemos más diferencias. Según nuestro master en Churrascos e Ingeniero de alimentos Gustavo Shock, alias “Tapeke”, las principales diferencias entre churrasco boliviano cruceño y asado argentino están principalmente en los cortes de carnes y procedencia del animal, esto junto a las distancias a brasa, cocciones y tiempos.


El ingeniero churrasquero, nos comenta que “Los primeros factores a evaluar son los métodos de cocción y cortes de carnes, el argentino tiende a trabajar con leñas hasta formar brasas y el camba con carbón y utilizan cortes de cocción lenta 3-4 hrs como: el costillar y el vacío.”Para Tapeke, estos cortes al elaborarse mediante este método tienen una cocción completa y alta concentración de jugosidad, el método de cocción lenta también ayuda a que la carne ya cocinada tenga un alto nivel de terneza.Por otro lado, el churrasco cruceño se trabaja por lo general con carbón en vez de leña ya que el carbón forma brasas mucho más rápido y se utilizan también cortes de cocción rápida 12-15 min como: Ojo de bife, bife de chorizo, punta de s o picaña.Estos cortes dan como resultado carnes que se pueden medir los términos por tiempos de cocción donde para el término medio toma entre 8-10 min, término 3/4 entre 12-14 min y bien cocido entre 16-18 min, al ser cortes de buena calidad también tienen alta terneza sin importar el término de cocción.


El cruceño trabaja con cortes rápidos, pero de alta calidad por la practicidad y velocidad de cocción en especial en restaurantes, en cambio el argentino trabaja sus cortes de cocción lenta con mucha paciencia y tradición. En el gaucho la carne está sesteando más en la parrilla buscando un tostado y color más propio de saturación que de impregnación, así se encuentran en cortezas crujientes que a veces no encontramos en los churrascos cambas. Ambos métodos son bastante prácticos y efectivos.


Visto lo visto no se trata de un combate de boxeo entre el Asado y el Churrasco, es solo un punteo para ver lo que nos une y no lo que nos separa, podríamos terminar diciendo que Asado y Churrasco son primos hermanos donde la diferencia está en la carne de vacuno, su pastoreo y su alimentación, sus razas y sus genéticas, más que en el arte de la brasa.Gauchos y Cambitas se dan un abrazo en este “tet a tet” donde cada cual utiliza con matices esta técnica culinaria milenaria de cocción por calor seco y directo (estaca, cruz, parrilla o asador) con brasas de leña o carbón para sellar la carne, caramelizando sus azúcares y creando una costra exterior crujiente mientras se conservan los jugos internos y se aporta un aroma ahumado tan característico que le aporta la brasa.

Se trata ya sea en Argentina o en Bolivia de un ritual social “cuasi sagrado” y método tradicional, que hace perder el “oremus” a asadores, churrasqueros y comensales. Así que Asado vs Churrasco es un “Draw”, un combate nulo, un empate nulo que solo se resuelve en la mesa animados por el buen vino.

 
 
 
  • 21 ene
  • 3 Min. de lectura

GASTROTOUR 21/01/2026


Con el propósito de poner en cada plato «la esencia de sus raíces», la agencia EFE nos trae el trabajo de dos jóvenes bolivianos asumieron la jefatura de cocina del restaurante Gustu, y la entrada de la nueva dirección y gerencia del restaurante que fundó Claus Meyer en el 2013.


Gustu, reconocido como el mejor de Bolivia y uno de los mejores de Latinoamérica, cuyo menú integra productos de la Amazonía, los valles y del altiplano del país.


Gustu entra en una nueva etapa con la salida de la chef Taha y la gerente Sumaya, ahora se encargará la chef Coral Ayoroa y en la cocina Michel y Kenzo Hirose, que son oficialmente los nuevos jefes de cocina del restaurante y, aunque ya ejercían ese cargo desde finales de 2024, consolidaron su puesto con la presentación de un nuevo menú con base en alimentos y fusiones bolivianas.


«No solo es decir esta sopa está buena, tiene que haber la demostración de las raíces de algunos de nosotros, los viajes, algo que uno investigó, entonces es una cadena de varias influencias que repercuten en el resultado final», dijo a EFE Jairo Michel, uno de los jefes de cocina.Hirose, de ascendencia japonesa, nació al norte de La Paz, en una zona amazónica de donde trajo sus saberes gastronómicos heredados por su familia.


«La primera vez que salió el plato de palmito (obtenido de la palmera), le mostré a Camila, quien era jefa de cocina, y le gustó, nunca había comido palmito fresco, siempre enlatado, pero es muy diferente».


LA ESENCIA BOLIVIANA


En cambio, las raíces gastronómicas de Michel llegaron a La Paz desde Tupiza, una población de la región andina de Potosí, al noroeste del país.Los jefes de cocina Kenzo Hirose (i) y Jairo Michel trabajan en el restaurante Gustu en La Paz (Bolivia).



«La cocina estuvo muy presente en mi familia, mi mamá siempre cocinaba muy rápido porque tenía que irse al trabajo y cuando yo le daba el tiempo que necesitaban algunos platos sentía que el sabor estaba bueno», recordó Michel.Hirose y Michel reconocieron que nunca pensaron en dedicarse a la cocina, pero el gusto por preparar platos con esencia boliviana hizo que ahora se sientan orgullosos de haber logrado una meta a la que muchos cocineros aspiran.


El menú que ofrecen a sus comensales tiene alimentos de las diferentes regiones de Bolivia, desde el altiplano como el maíz hasta la Amazonía como el lagarto, y sus fusiones con algas y otros productos hechos por ellos aseguran que hacen que el plato final sepa «exquisito».


Para ambos, el reto está en que los clientes, especialmente los extranjeros, regresen dos, tres y hasta cuatro veces al restaurante en esos cuatro y hasta seis meses que se mantiene un menú de ocho tiempos.


RESTAURANTE BOLIVIA - UN LABORATORIO I+H


El restaurante Gustu es el único en Bolivia que tiene un laboratorio de alimentos, donde se les da «una nueva oportunidad» a las frutas, verduras, huesos y hasta vísceras de animales que se desechan, aseguró Abraham Teo Aro, quien es el responsable del laboratorio.Los jefes de cocina Jairo Michel (i) y Kenzo Hirose posan en el restaurante Gustu en La Paz (Bolivia).


EFE/Luis Gandarillas«De las pieles de las frutas hacemos licores, las cáscaras de vegetales para hacer vinagre (…) tenemos fermentaciones con técnicas asiáticas implementadas con productos bolivianos», explicó a EFE Aro.


En el laboratorio guardan salsa hecha de larvas fermentadas y hasta producen helado de gusanos, que con un procesamiento riguroso son alimentos que se usan en la cocina.


El restaurante boliviano Gustu ocupa desde noviembre del año pasado el puesto 38 en la lista de los mejores restaurantes de Latinoamérica, reconocimiento otorgado por el Latin America’s 50 Best Restaurants.Gustu, del empresario danés Claus Meyer, fue fundado en 2013 e ingresó en la lista de los 50 mejores restaurantes de Latinoamérica en 2014, 2015, 2016, 2022, 2023 y 2024.


FUENTE: Agencia EFE Bolivia / Luis Gandarillas

 
 
 

GASTROTOUR 19/01/2026


La autenticidad y los inventos culinarios: ¿quién diseña la tradición gastronómica? Se trata de construir una marca, aunque haya que simular algunas cosas, inventar algún mito o pasar por alto cómo funciona realmente la cocina. ¿Cuál es la herencia de Cocina actual Boliviana?, La Academia Boliviana de Gastronomía es la institución que investiga precisamente estos fundamentos.


La publicación en “2018 de Denominazione di origine inventata”, del historiador Alberto Grandi, fue un escándalo en Italia.


En su libro, Grandi afirma que muchos iconos de la gastronomía italiana como la pizza o la carbonara no tienen orígenes históricos tan remotos como querrían sus compatriotas, “que buscan su identidad en la comida y en el fútbol”.


El profesor, tras años de investigaciones, concluye que estas y otras recetas como la del panetone son producto de una influencia norteamericana muy reciente y del viaje de ida y vuelta de los emigrantes italianos a mediados del siglo XX.


Con este ensayo (y con el pódcast que dirige), Grandi ha incomodado a buena parte de los políticos y hosteleros de su país, pero también ha abierto un complejo debate sobre la autenticidad.


En España, donde los procesos de turistificación y foodieficación son tan intensos como allí, todavía no ha surgido una polémica tan apasionada, quizá porque, como recuerda Rosa Tovar, gastrónoma y asesora de chefs, “nosotros no presumimos tanto de las maravillas que tenemos”.


Lo que sí que ha ocurrido es que elaboraciones más o menos contemporáneas como el cachopo asturiano, la marinera murciana o el campero malagueño, se han convertido en reclamos turísticos muy populares, y en sus correspondientes territorios se rebuscan orígenes remotos y casi míticos para dotarlos de esa codiciada autenticidad tan difícil de definir.


En cualquier caso, la autenticidad es una noción muy discutida dentro de cualquier disciplina.


Por ejemplo, en arquitectura también existen controversias sobre la legitimidad de los falsos históricos, esos edificios que imitan estilos del pasado —como los castillos de aspecto medieval construidos durante el s. XIX— sin que ningún elemento permita conocer su verdadera fecha de construcción.

Y en el mundo de la música, las conversaciones sobre la pureza de determinada obra dentro de su género también pueden volverse interminables.


Xavier Medina, catedrático de Antropología de la alimentación de la Universitat Oberta de Catalunya, lo tiene claro: puesto que nuestras cocinas están hechas más de procedimientos que de recetas o ingredientes fijos, en lo que respecta a la gastronomía, la autenticidad es una entelequia.


“Si intentamos fijar parámetros como la originalidad de las recetas, su transmisión, el mantenimiento intacto desde el inicio de los tiempos o la pureza de los ingredientes, nada cuadra, porque las recetas evolucionan”, explica Medina a EL PAÍS. “No puedo repetir una receta de mi abuela, aunque la tenga escrita gramo a gramo, porque ella tenía una cocina económica de leña y yo una vitrocerámica, los ingredientes han variado y los gustos también.


En la transmisión todo cambia; ahora se aligera con menos grasa o carne, aplicando la ideología imperante (antes se buscaba nutrir o engordar, hoy la salud y los cuerpos magros)”.


Así que, aunque no tenga demasiado sentido, en un contexto global de competencia entre ciudades, la presunta autenticidad se ha convertido en un valor gastronómico.



Se trata de construir una marca y un foodscape atractivo. Aunque por el camino haya que simular algunas cosas, inventar algún mito y, sobre todo, pasar por alto cómo funciona realmente la cocina.


La invención de la tradición es un clásico de 1983 en el que los historiadores Eric Hobsbawm y Terence Ranger explican que muchos rituales que hoy tomamos por ancestrales han sido, en realidad, inventados recientemente por las autoridades.


De esta forma, lo que ha ocurrido siempre es un proceso de construcción de leyendas por motivos políticos y comerciales, y el mundo de la gastronomía no es una excepción.


“La alimentación necesita contexto: al estar ligada al territorio, a la identidad y a la política (comer es un acto político), dotamos a los platos de un relato identitario y territorial para sentirlos como propios y auténticos.


Si analizamos a fondo, muchas recetas son adaptaciones de influencias externas que hemos transformado en locales o vemos que muchos platos son relativamente recientes, pero nuestra memoria es corta y los convertimos en tradicionales. Lo tradicional es el concepto clave: enlazamos algo con los ancestros sin fecha determinada, aunque su origen sea cercano”, aclara Medina.


“No creo que sea deshonesto inventar tradiciones, la gente tiene que vender”, comenta Tovar. “Y tampoco se hace mal a nadie diciendo que un cachopo es asturiano. La cocina se ha hecho durante todo el tiempo a base de inventos y de fusiones, porque si no estaríamos comiendo como comían los romanos.


A mí no me gusta particularmente el cachopo, pero no porque me parezca que no es auténtico, sino porque creo que quien lo inventara tiene un poquito de mal gusto, nada más”, continúa la gastrónoma.


Entonces, si estamos ante una práctica legítima, ¿dónde está el problema?


En parte, es teórico y tiene que ver con ocultar la constante evolución de los sistemas alimentarios, como si las recetas fueran documentos inmóviles y cerrados o inventos de una sola persona; pero, sobre todo, es práctico, y es que cuando un plato se convierte en mito regional y se privilegia sobre otros, se está favoreciendo la homogeneización del gusto. “Se pierde diversidad para ofrecer productos que gusten a una mayoría y dejen más beneficio, eliminando platos minoritarios. Aunque la evolución es natural, el turismo acelera y acusa este proceso”, apunta Medina.


La justamente denostada quinta gama no ha hecho más que amplificar estos fenómenos. “Su existencia es un problema en todo tipo de restaurantes. No tiene sentido que en todos los sitios te dan la misma salsa con distinto color, la misma tarta de queso, la misma alcachofa...”, lamenta Tovar.


Eso sí, la gastrónoma tiene claro que sigue siendo posible encontrar platos verdaderamente tradicionales que todavía “se pueden comer bastante honrados”. Da muchos ejemplos: “El cocido, en Madrid, es un plato que se ha conservado bien en sitios de precio normal. No es necesario que te lo sirvan en soperas de plata: hay muy buenas tabernas donde lo siguen sirviendo en fuentes de barro. Los callos también. Las pochas o las alubias frescas en Navarra, o los caparrones con chorizo en La Rioja. Las alubias de Tolosa en Euskadi, con su berza y con la fritanga de ajos. Asturias también está llena de platos estupendos que se pueden comer en lugares económicos”.


En Bolivia, la tradición gastronómica es una fusión de la materia prima de los pueblos andinos y de los valles con la colonia española en el siglo XVII en Potosí y Charcas, tal como describe la doctora Beatriz Rossells Montalvo en su libro de la Historia de la Gastronomía Boliviana, recuperan las últimas recetas del Potosí colonial como las del libro de cocina de doña Josepha Escurrechea de 1776 o el Manual de Cocina de Manuel Camilo Crespo, fechado hacia 1860, el cual da una visión global de la comida de la primera mitad del siglo XIX en la familia criolla de La Paz.


De esos antiguos libros de cocina pueden rescatarse deliciosas recetas como “duelos y quebrantos” (huevos, carnes, verduras, pan, clavos, canela y pimienta), “buñuelos de papas” (papas, huevos, anís, azúcar y canela) o “helados de espuma”, hechos con leche recogida a las 5 de la mañana, batidos en latas de zinc recubiertas de cuero de carnero y agitados en el lomo de un caballo que los lleva al trote por varias leguas.Por otro lado, en Comer y beber: una historia de la alimentación en España, María Ángeles Pérez Samper escribe que tan arrolladora era la influencia francesa en la cocina española del siglo XIX que, para contrarrestarla, se intentó “integrar las diferentes tradiciones regionales, logrando unas bases y unas prácticas comunes sobre las que cimentar la construcción de una gran cocina española”. El profesor Medina considera que aquel fue un movimiento típico del Romanticismo, “momento en el que se empieza a buscar la esencia de lo social y la cultura popular en el mundo rural”.


Entonces, aparecieron hilos que todavía pueden recorrerse entre la alta cocina y la cocina popular: “Existe la idea errónea de que la cocina popular y la alta cocina son compartimentos estancos. La alta cocina se crea con ánimo de distinción frente a las bases populares, intentando marcar una clase social y unas posibilidades económicas. Sin embargo, todo es permeable. La alta cocina se inspira en la popular e incluso los grandes chefs de la cocina molecular reconocen que su trabajo no sería posible sin los viejos recetarios”. ¿Y esas conexiones pueden buscarse también en las cocinas más comerciales o de masas, donde se busca ofrecer los platos de moda? Tovar vuelve a tener buenos y malos ejemplos: “Hay cosas como el limón serrano de Salamanca, que ahora se ha puesto de moda, pero debe de ser muy antiguo”. También recuerda platos de origen humilde, pero hoy muy apreciados, como el caldero del Mar Menor o el caldillo de perros gaditano: “una sopa de pescado gaditana de pescadores que tiene cebolla, el pescado y zumo de naranja agria, que es la que existía hasta que los portugueses trajeron la dulce de China”. Del otro lado, claro, menciona que cualquier paella en la Plaza Mayor de Madrid “ya no es que sea un asco, es que casi es un fraude”.


Y ahí está la clave: no tanto en la invención de un relato para productos que pueden ser tan deliciosos como el asiático cartagenero o los miguelitos de La Roda, como en la influencia que algunas modas están teniendo en el paisaje gastronómico de las zonas más masificadas de las ciudades. Medina recuerda el caso de Bolonia, donde la proliferación de puestos de bocadillos de mortadela está expulsando a restaurantes tradicionales del centro, sustituyéndolos por locales enfocados al turismo global. “En las ciudades españolas ocurre algo similar: abren establecimientos nuevos que recrean estéticas del siglo XIX o principios del XX para parecer tradicionales sin serlo, mientras los verdaderos locales históricos cierran por falta de rentabilidad o público”, lamenta. Por lo demás, tal y como recuerda Tovar, en un mundo en el que la comunicación y las mezclas son tan rápidas, “todo es auténtico o no según se considere”.

 
 
 

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