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22 oct
8 min de lectura

TENDENCIAS 22/10/2026


Podríamos definir la ‘gentrificación’ como la invasión de las mismas comidas y restaurantes en todas partes. La estandarización de la oferta culinaria desplaza a la cocina tradicional y hace que la oferta gastronómica de las ciudades sea cada vez más uniforme e impersonal.


Recorres el centro de una ciudad cualquiera en busca de un sitio donde comer. Nunca habías pisado esas calles, pero el ambiente te resulta familiar. Quizás sean las firmas de ropa que ya conoces de memoria, la publicidad de los refrescos de siempre salpicando las marquesinas o las cadenas de comida rápida que vas encontrando a tu paso. Quizás sean los restaurantes que, desde fuera, se adivinan “para turistas”, o que te cuesta encontrar una cafetería o un bar que no utilice la palabra auténtico como un reclamo vacío.


Lo cierto es que, mientras caminas, los “déjà vu” te pisan los talones: otro decorado, mismas sensaciones. Otro parque temático para adultos donde predomina una oferta gastronómica reconocible, homogénea y plana. Dice Pedro Bravo en su ensayo Antes todo esto era ciudad (Debate, 2026) que “las mires por donde las mires, las vivas por donde las vivas, las ciudades son cada vez más parecidas”. En consecuencia, la comida que ofrecen, también. Pero ¿dónde se nota más esta tendencia?


De las gominolas pirata a los restaurantes sin cocina


“[El escritor y filósofo] Mark Fisher dejó escrito que el modelo Starbucks le parecía la expresión de cómo el capitalismo funcionaba con el mismo nivel de uniformización que el comunismo. Si siguiera en pie, no sé si sobreviviría a los cafés de especialidad”, responde el autor. Y enseña otros cromos repetidos, como los comercios de gominolas con ambientación pirata, las tiendas de turrones de Alicante que brotan en cualquier lugar de la geografía española, los pasteles de Belém que se venden en los centros históricos de Málaga o Sevilla, los sitios de street food oriental, los dispensadores de bocatas de jamón ibérico y trozos de pizza, las hamburguesas —aplastadas o no— y todas las cadenas de comida rápida internacional.


La lista de ejemplos es larga, y el fenómeno va mucho más allá del fast food global, con su ejército estridente de pizzas y hamburguesas, o de la replicación más evidente, como los conos de papel con virutas de jamón o los sándwiches de franquicia. También se ve en los restaurantes que aparentan ser singulares y no lo son, porque muchos de los platos que sirven han sido elaborados en grandes cocinas de proveedores externos. Tradicionalísimas albóndigas, carrilleras o croquetas son algunos ejemplos de alimentos de quinta gama, esos que ya vienen preparados y envasados y solo requieren un sencillo proceso final, como un golpe de horno o una fritura, para emplatar y llevar a la mesa.


Esto no significa que sean productos de mala calidad; solo muestra que la diversidad de ingredientes, sabores y propuestas es más aparente que real. En España, alrededor de un 30 % de los bares y restaurantes independientes incluyen platos de quinta gama en su carta, una cifra que se duplica en las áreas de alta presión turística, como el centro de las ciudades, donde tres restaurantes distintos pueden servir las mismas albóndigas caseras.


Sí, platos de los que cabría esperar matices y diferencias, como la merluza en salsa, el estofado de la casa o la tarta de la abuela, salen muchas veces de la misma cocina industrial. Como los souvenirs en los que pone el nombre de un país y su bandera, o que reproducen sus escenas costumbristas: parecen diferentes, pero están hechos de los mismos materiales y fabricados en el mismo lugar.


El turista feliz lo aguanta casi todo, hasta las versiones más infames de los platos típicos, pero la homogeneización de la comida y el gusto no es solo cosa de turistas ni de zonas tensionadas. La gastrificación —es decir, la estandarización e industrialización de la oferta culinaria que desplaza progresivamente la cocina casera o tradicional— también afecta a la gente en su propia ciudad. Y supera, por mucho, la decepción al descubrir que la ensalada que hemos pedido en un restaurante es la misma ensalada de bolsa que compramos en el supermercado.


“La uniformización puede ser, como explica Kyle Chayka en Mundo Filtro (Gatopardo Ediciones, 2024), consecuencia de los algoritmos de redes sociales”, apunta Pedro Bravo. “Es decir, puesto que esos mecanismos de selección de lo que vemos nos ofrecen una visión homogénea y reducida de la realidad, vendida como diversa y particular, a todos nos entran unas ganas locas de montar un café de especialidad o un delivery de ramen y de decorarlo exactamente igual que todos los que hay apelotonados por el resto del mundo”. A su vez, proliferan los establecimientos que nacen con la intención de ser virales, ya sea por su estética como por su producto.


La gastrificación es una bomba de cuya onda expansiva no se salvan los barrios ni la periferia: hace años que las zonas de extrarradio y los hogares de rentas más bajas están dominados por las principales cadenas de comida rápida. Incluso las nuevas urbanizaciones, relucientes, homogéneas y ubicadas en mitad de ninguna parte, empiezan muchas veces con un McDonald’s y una gasolinera. A esto se suma que “quienes quieren llevar adelante un proyecto y no pueden, o han sido expulsados del centro, van a probar a las periferias, donde los locales aún están más baratos. De alguna manera, van sustituyendo al tejido tradicional y se convierten en agentes gentrificadores también en lo gastronómico”, explica Bravo.


Hasta las propuestas gastronómicas que buscan diferenciarse de esa uniformidad acaban pareciéndose entre sí. En las grandes ciudades, los movimientos boho chic, retro, under, vintage, cool, disruptivos y alternativos también parecen fotocopiados. Panaderías de masa madre, cafés de especialidad, baretos canallitas y malotes, o sitios viejípsters remozados para la ocasión pueden servir como muestra: hasta para rebelarnos somos poco originales.


El confort de la uniformidad ante la incertidumbre


La homogeneidad tiene algo inquietante y tranquilizador a la vez: puede que nos espante como concepto, pero nos transmite sensaciones conocidas. Esto le gusta a nuestro cerebro, que aprecia la familiaridad; por eso la buscamos y hasta la agradecemos secretamente algunas veces. Saber exactamente qué nos vamos a encontrar rebaja nuestra ansiedad, sobre todo cuando andamos carentes de certezas.


Volvamos a la comida: los platos tradicionales son, sobre todo, variables. Da igual que sigas paso a paso la receta de lentejas que ha pasado de generación en generación en tu familia: el resultado se parece a aquellas que comías en casa de tu abuela, pero no es el mismo. No lo puedes replicar. Ahí está la gracia, pero también el riesgo. Frente a esta variabilidad, la industria alimentaria nos ofrece estandarización. Ingredientes definidos, cantidades exactas y procesos reproducibles: en su propuesta, todos los parámetros están controlados para evitar sorpresas; y esa uniformidad se convierte en una ventaja, un bálsamo frente a la zozobra, aunque sea algo en apariencia tan nimio como el sabor del menú del día.


El sociólogo George Ritzer definió la macdonalización de la sociedad como el proceso por el que las dinámicas de los restaurantes de comida rápida se han extendido a muchos ámbitos de la vida. Para Ritzer, estos establecimientos se definen por cuatro parámetros: la eficiencia (mejor resultado con menor esfuerzo), la calculabilidad (todo está medido), la previsibilidad (sabemos lo que vamos a recibir) y el control: el resultado debe ser reproducible independientemente de la persona que lo produzca.


Esto ocurre con la alimentación —queremos que la hamburguesa esté buena y que siempre sepa igual— y llega a ámbitos tan dispares como la educación, la sanidad o el urbanismo. Se consolida porque resulta eficaz, pero también porque nosotros mismos hemos aprendido a valorar y demandar esa eficiencia, esa previsibilidad y ese control. No buscamos la emoción del descubrimiento, sino el confort de lo conocido.


El cansancio de elegir


Tomar decisiones consume energía. ¿Sientes que no llegas a todo, que la vida va demasiado deprisa, que tu trabajo es extenuante? ¿Se te acumulan las tareas pendientes, los mensajes sin contestar, los planes aplazados? ¿Te agobia esta “economía de la experiencia” en la que todo debe ser memorable? Cuando tenemos rutinas exigentes y, además, nos movemos en un ambiente atiborrado de opciones, lo normal es acabar buscando un atajo (y ahí es donde acecha la uniformidad).


Viajar miles de kilómetros para acabar comiendo en el mismo restaurante que hay en nuestra ciudad nos aleja de conocer la gastronomía local, pero nos da la seguridad de acertar sin tener que pensar en nada. Las ciudades, convertidas en marcas o experiencias™, no solo reflejan esta tendencia; también la alimentan. “Se quieren convertir en productos para consumo compulsivo y por eso hay que facilitar la experiencia al cliente; perdón, al turista”, dice Bravo. “Por eso cada vez se parecen más a esos trayectos por los aeropuertos en los que todo es igual en todas partes y así no tenemos que pensar”.


También repetimos cuando estamos en casa, donde comemos los mismos platos, compramos las mismas marcas y buscamos los mismos sabores. Así evitamos tomar decisiones y, con ello, eludimos el cansancio mental que supone enfrentarse a decenas de opciones. Este proceso tiene un nombre: fatiga de elección; un concepto que describe cómo la calidad de nuestras decisiones puede deteriorarse después de enfrentarnos a muchas elecciones consecutivas.


No hablamos de unas pocas decisiones: a lo largo del día tomamos miles y, si nos centramos únicamente en la alimentación, nos enfrentamos a cientos de microdecisiones. A medida que las acumulamos, nuestras elecciones tienden a volverse más impulsivas: elegimos por defecto, disminuye nuestro autocontrol y aumenta nuestra susceptibilidad a influencias externas como el marketing o el precio. Por eso, si una cadena de restaurantes o un producto del supermercado son accesibles, asequibles, estandarizados y sin sorpresas, tienen más posibilidades de ser elegidos, simplemente, porque reducen nuestra carga cognitiva.


Lo ideal, claro, sería tomar cada decisión de forma analítica, como un proceso racional. Pero el agotamiento de elección hace que acabemos en un modo automático que está determinado por nuestros hábitos, impulsos y preferencias inmediatas, por la disponibilidad de alimentos o por los sesgos que tengamos. También por el adiestramiento de nuestros paladares, cada vez más habituados a texturas, presentaciones y sabores diseñados para gustar, enganchar y eclipsar todo lo que no esté potenciado a lo bestia.


El secuestro de los paladares y las cocinas


En este contexto es evidente que hay propuestas alimentarias que salen favorecidas, ya hablemos de restaurantes o de lineales en los supermercados. Lo que no requiere de planificación, es asequible y accesible, ocupa los espacios de forma estridente y tiene un marketing arrollador lleva las de ganar, simplemente, porque requiere de un menor esfuerzo cognitivo. Si, además, está hecho para activar nuestros mecanismos de recompensa —como sucede con los alimentos insanos en general—, elegir algo distinto se transforma casi en un ejercicio de resistencia.


El mercado conoce nuestro cansancio y sus efectos. De ahí, las nuevas ofertas alimentarias (y nuevas formas de consumo) tendentes a la simplificación de las decisiones, del tipo de productos y del gusto. Véase el negocio al alza de la comida preparada de los supermercados que ha crecido un 49 % desde 2022.


Nadie —salvo la industria— dijo que una elección alimentaria fuera fácil, y en un entorno diseñado para que algunos alimentos destaquen entre todos los demás, la elección insana, cómoda (o ambas) es, simplemente, la más sencilla. Una buenísima noticia para los vendedores de ultraprocesados y un mal augurio para nuestra salud, nuestra independencia y nuestra economía. Como dice Pedro Bravo, el problema no es solo que sea todo igual, sino que además pertenece a cada vez menos gente.


FUENTE: El Comidista, El PAÍS

 
 
 
21 oct
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TENDENCIAS 21/10/2026


Durante siglos, comer fue una cuestión de supervivencia. Después llegó el placer, el protagonismo del chef y la era del menú degustación. Ahora, mientras el cliente reclama de nuevo su libertad para elegir, la combinación perfecta pone al servicio de sala como un imprescindible del éxito.


Desde que somos hombres, el hecho de comer ha estado presente en toda nuestra evolución. Ya, de hecho, la cosa empezó con una manzana...


Y en ese proceso, hasta nuestros días, hemos asistido, visto y vivido muchas evoluciones y pocas revoluciones, apenas unos cuantos momentos que han marcado y cambiado la forma de comer y de ofertar comida de unos a otros.


Al inicio, y durante muchos años, el hombre comía para subsistir, y no tenemos pruebas de que el hecho de comer fuera placentero ni de que se buscase el más mínimo hedonismo en sí. Si había caza, se cazaba.


Si había pesca, se pescaba, y si había agricultura, se recogía. Se ingería y subsistía.


Solo siglos después empezamos a apreciar el disfrute en el hecho de comer, ligado siempre a las clases poderosas o ricas. El placer en la mesa era para unos elegidos, el resto seguía subsistiendo. Y fue la primera revolución. Comer podía ser placentero. Se traían alimentos de países conquistados, y aquellas clases poderosas tenían siervos que les cocinasen y cuyo cometido era preparar las viandas a los señores.


Fueron los primeros cocineros profesionales. Y otra tanda larga de años con evoluciones, pero sin revolución. Apenas los monasterios tenían una cultura de escribir y transmitir recetas escritas.


Hay que esperar a la Revolución francesa para la segunda verdadera revolución.


Con la caída del rey y la nobleza que lo acompañaba, aquellos que tenían como cometido darles de comer y preparar las viandas de las grandes fiestas quedaron sin cometido, sin manera de subsistir y comenzaron a abrir lo que hoy llamaríamos primeros restaurantes, ofreciendo su conocimiento culinario a cambio de dinero.


Una cocina cortesana que se va enriqueciendo, sofisticando y democratizando llegando al pueblo que descubre y participa del hecho de disfrutar comiendo. Nacen los primeros grandes recetarios (Escoffier) y los primeros gourmets (Grimod de La Reynière y Brillant Savarin).


Y otro montón de años de evolución hasta la siguiente revolución, con la llegada de la nueva cocina, que trae consigo que las recetas salen emplatadas de cocina, se aligeran salsas, se desgrasan los conceptos, importa la decoración y la belleza del plato, y se va dando importancia al chef, que pasa de ser un desconocido a ser un personaje reconocido y admirado, con peso social como un actor, un artista o un abogado.


Y ese hecho hace que la cocina gire en torno a la figura del chef y el chef gire en torno a sí mismo. Es su propio enaltecimiento a través del menú degustación y su obligatoriedad. La no alternativa, la imposición para entender al personaje y su propuesta. El chef se hace protagonista. Pero son pocos los que de verdad pueden defender un planteamiento así, con verdadero sentido de liderazgo gastronómico y propuesta diferenciada con personalidad propia.


Y el cliente, que no es tonto, empieza a girar desde la tiranía del menú degustación impuesto a la necesidad de elegir, de tomar platos de carta, o de poder conformar su propio menú con medias o cuartos de ración, de poder dialogar lo que le apetece pues es, al final, el que paga y el que llena los restaurantes. Y es otra gran revolución. Hay un tránsito de la figura central del chef a la importancia del servicio de sala. Porque, ¿con quién paso a relacionarme fundamentalmente como interlocutor para hacer la comanda? ¿Quién es el que me conoce, me reconoce en mis gustos, y me facilita la vida en cada visita (desde el momento de la reserva, desde conseguir mesas que no existen hasta cómo se conforma el menú o cómo se hacen platos fuera de carta por gustos personales o por deseo de evolución de un plato ya existente)?


Hay una revolución en la importancia capital del jefe de sala, del sumiller, de los camareros como interlocutores casi únicos con quien el cliente se relaciona. El cliente se convierte en el centro y el servicio de sala en compadre, camarada, compinche, aliado. Se establece una relación de complicidad y el chef pasa a segundo plano.


Y, por otra parte, el cliente, cansado de esos platos servidos con la rigidez del emplatado de cocina y del menú, desea disfrutar de nuevo de un servicio de sala protagonista, que recupera una importancia no ya en la explicación de los platos, que llegó a ser una narrativa repetida sin pasión (y muchas veces sin conocimiento de ingredientes, técnica y montaje, refugiados en el «el chef ha creado») sino en la confección y acabado de estos en sala, de su servicio y salseado, de su reparto. Es el diálogo de qué y por qué del plato, su salsa, su acompañamiento, con la misma verdad que el sumiller dialoga qué vino es el más apropiado para esa receta.


Al final, tras esta revolución, preguntémonos: ¿quién es el que me hace volver a unas determinadas mesas?, ¿con quién mantengo casi todo el trato?, ¿por qué valoro que se me conozca y se me reconozca?, ¿quién fideliza, el chef o el servicio de sala? Si al chef muchas veces ni lo vas a ver (o ni está), a su equipo probablemente no lo vayas a conocer nunca.


A no ser que el chef sea de esos pocos elegidos...

 
 
 
24 sept
4 min de lectura

TENDENCIAS 24/09/26


María Amaro, experta en pérdida de peso: «Estos son los alimentos que siempre debes tener en la nevera para adelgazar». Esta doctora española asegura que para cuidar la dieta no hace falta tanta fuerza de voluntad, «la clave es tener los alimentos adecuados para cuando se tiene un día malo o se está muy cansado».

Nos comenta la doctora: «Llevo la misma década explicándoles que noes así. Depende, sobre todo, de lo que hay en la nevera cuando llegas a casa cansado, con hambre y sin ganas de pensar. Ese momento —el del frigorífico abierto a las nueve de la noche— decide más resultados que cualquier dieta escrita en un papel».


Asegura que ella no cree en las listas de alimentos 'prohibidos'. Considera que «llenar la nevera de opciones que trabajen a tu favor sin que tengas que estar pendiente de ellas» es la mejor delas opciones. Y, para facilitar este tipo de decisión, recomienda tener siempre a mano, «y por qué funcionan desde el punto de vista clínico» los siguientes imprescindibles:


PROTEÍNA DE CALIDAD, LA BASE DE LA SACIEDAD

El huevo, el pavo o pollo cocido, el yogur griego natural o el queso fresco batido no son solo 'comida sana'. Según Amaro,constituyen la herramienta más eficaz contra el picoteo. La proteína retrasa el vaciado gástrico y estabiliza la glucosa en sangre, que es precisamente lo que evita esos bajones de energía que terminan en la despensa de las galletas.«Tener siempre dos o tres huevos cocidos en la nevera es, en mi experiencia clínica, uno de los gestos con mayor impacto real en el peso a medio plazo».


VERDURAS DE HOJA VERDE Y CRUCÍFERAS, YA LAVADAS Y CORTADAS

Reconoce que puede sonar obvio, pero el detalle importante es logístico, no nutricional: si la espinaca o el brócoli están listos para usar, se usan; si hay que lavarlos y cortarlos cada vez, no.


Además, apunta que la fibra de estos vegetales alimenta a la microbiota intestinal, que se sabe cada vez con más seguridad que participa en la regulación del apetito y la inflamación de bajo grado asociada al sobrepeso.


LEGUMBRES COCIDAS

Un bote de garbanzos o lentejas ya cocidos es de los aliados más infravalorados, según esta nutricionista. «Combinan fibra y proteína vegetal, generan saciedad prolongada y permiten improvisar una comida completa en cinco minutos, que es exactamente lo que necesita alguien con una vida real, no una vida de laboratorio nutricional», explica.


GRASAS BUENAS EN FORMATO PEQUEÑO

Un aguacate, un puñado de nueces, aceite de oliva virgen extra. «La grasa de calidad no engorda por sí sola; lo que descompensa el peso es la falta de saciedad que lleva a comer de más. Un puñado de frutos secos a media tarde puede evitar que llegues a la cena con un hambre que no sabe razonar», advierte.


FRUTA CON PIEL, ENTERA, VISIBLE

«La fruta cortada en la nevera se come; la fruta escondida en el cajón, no», matiza.


Por ello, manzanas, peras o cítricos enteros, a la vista, son un recurso de azúcar natural acompañado de fibra, muy distinto metabólicamente al azúcar libre de un dulce procesado.




FERMENTADOS, LOS ALIADOS SILENCIOSOS DE LA DIGESTIÓN

Según Amaro, el kéfir, el chucrut o el kimchi aportan bacterias vivas que ayudan a mantener una microbiota diversa, cada vez más relacionada con una mejor regulación del apetito y menos inflamación. Añade que un vaso de kéfir natural puede sustituir perfectamente a un yogur azucarado y, de paso, mejorar el tránsito intestinal, algo que muchos de sus pacientes no asocian con el peso pero que influye directamente en la sensación de hinchazón y pesadez.


PESCADO AZUL EN CONSERVA

Señala que las sardinas, caballa o anchoas enlata no son un premio de consolación: son una de las fuentes más accesibles deomega-3 y proteína de alta calidad. Por ello, aconseja tenerlas siempre en la despensa (aguantan meses), lo que permite improvisar una comida completa en minutos cuando no hay tiempo ni ganas de cocinar, evitando así el recurso fácil al ultraprocesado.


HUMMUS O CREMAS DE LEGUMBRES CASERAS

Su propuesta es que, untado en unas tortitas de arroz o con bastones de zanahoria, el hummus casero combina fibra, proteína vegetal y grasa buena en un solo bocado. Asegura que es una alternativa mucho más saciante que cualquier snack envasado, y cubre esa necesidad de «algo cremoso» que muchas personas buscan a media tarde.


CALDO CASERO O DE CALIDAD

Reconoce que el caldo de verduras o de huesos,guardado en raciones pequeñas, es un recurso infravalorado, pero hidrata,aporta minerales y da sensación de calidez y saciedad con muy pocas calorías.«Tomarlo antes de una comida copiosa —indica— puede ayudar a moderar la cantidad que se ingiere después».


ESPECIAS Y LIMÓN

Aunque no son alimentos en el sentido estricto, apunta que merecen un hueco en la nevera o cerca de ella. «La canela,el jengibre o el limón exprimido pueden sustituir azúcares y salsas calóricas,además de aportar variedad de sabor que evita la sensación de 'dieta aburrida',uno de los motivos más frecuentes de abandono».


Según María Amaro, aquí es donde muchos artículos sobre nutrición se quedan cortos, y donde la medicina tiene algo importante que decir: «ningún alimento, por saludable que sea, sostiene un cambio de peso si la persona se relaciona mal consigo misma». Confiesa que ha visto pacientes con la nevera perfecta que no adelgazan, y pacientes con menos disciplina que sí lo consiguen, «porque han dejado de castigarse cada vez que se saltan una comida 'ideal'. La autoestima no es un añadido blando a la nutrición: es una variable clínica. Comer bien de forma sostenida requiere,primero, dejar de tratarse como un proyecto pendiente de corregir». Como conclusión, insiste en dejar claro que para perder peso «no hace falta una nevera perfecta ni una dieta rígida. Lo que es imprescindible es una nevera preparada para los días malos, porque son esos días —no los buenos— los que terminan definiendo el peso a largo plazo. Proteína a mano, vegetales listos,legumbres cocidas, algo de grasa buena y fruta a la vista. Y, sobre todo, la decisión de acompañar ese cambio con paciencia en lugar de exigencia. Esa combinación, mucho más que cualquier alimento en concreto, es la que de verdad transforma resultados en la dieta», insiste esta nutricionista.


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